Comer sin grasa no es más sano, ni tampoco ayuda a adelgazar. De hecho, diversos expertos en nutrición indican que ese ha sido uno de los grandes errores que han terminado desequilibrando la alimentación contemporánea. Pero ante el alarmante horizonte de obesidad que la Organización Mundial de la Salud (OMS), lleva un tiempo vaticinando, otras organizaciones internacionales como el National Obesity Forum (NOF) ya han empezado a solicitar nuevas guías alimentarias que se ajusten a los estudios recientes, de acuerdo con la publicación del Portal Elmundo.es.

Entre ellos, los que defienden la necesidad de agregar las grasas en la dieta y el racionamiento de los carbohidratos en una sociedad sedentaria. El reportaje publicado por la NOF ha puesto entre las cuerdas las exhortaciones tradicionales que ubicaban las grasas en la cúspide de la pirámide alimentaria tradicional, prevaleciendo el pan, la pasta y los cereales. “Las dietas bajas en grasa y colesterol promovidas en Reino Unido desde 1983 se han basado en una ciencia imperfecta y han provocado el aumento del consumo de comida basura y carbohidratos”, agrega la organización.

En este contexto, sugieren que no hay evidencias científicas de que la insgesta de grasas, inclusive el de las denominadas ‘saturadas’, esté relacionado con dificultades cardiovasculares, ni tampoco que el aumento del colesterol a través de la dieta (aumentan tanto el LDL como el HDL o ‘bueno’) esté relacionado con este dificultad.

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Los productos ‘light’ no funcionan. Aunque, al disminuir uno de los macronutrientes, se tiende a ocupar su lugar con otro, y es ahí donde comienzan los inconvenientes. En el caso de los productos ‘light’, el sustituto de la grasa eliminada ha sido el azúcar, sobre el cual sí hay pruebas que manifiestan que es perjudicial para la salud (y la línea). Asimismo, una dieta pensada para perder peso y basada exclusivamente en hidratos de carbono (cuya función es proporcionar energía rápida) suele fracasar, ya que reducen la sensación de saciedad, originan picos de azúcar en sangre (culpables de que a las dos horas el hambre haga imposible resistirse a los antojos) y, si no se usan, se almacenan en el cuerpo en forma de grasa.

 Por esta razón, dietistas y nutricionistas como Juan Revenga no apoya el llevar dietas que excluyan alguno de estos macronutrientes, ya que, entre otras cosas, son más dificultosas de conservar en el tiempo. Aun así, lo que  solicita la organización británica es la revisión de los patrones convencionales, que tiene como base los cereales y en mal lugar a las grasas, recordando que estas deberían formar parte de al menos el 30% de las calorías diarias y que no son los cereales sino las verduras y hortalizas las que se deberían prevalecer sobre el resto de los alimentos, reservando los carbohidratos para cuando se vaya a realizar alguna actividad física.

Moderando su consumo en los días de descanso. Las grasas, si bien sean más calóricas, igualmente cumplen su papel en el organismo, ya que hay ácidos grasos que solo se pueden conseguir mediante la alimentación, y son indispensables para el adecuado funcionamiento del cerebro, las hormonas o, como expone la nutricionista Maribel Lopera, el metabolismo del colágeno. Y, por tanto, beneficiosas para la cognición, las articulaciones, la fertilidad, el cabello, la piel o las uñas.

Por otro lado, perturban a la producción de serotonina, ayudando la eliminación del estrés y la ansiedad. Y además son unas fieles aliadas en el control del apetito, fundamental cuando se desea adelgazar. En este sentido, la experta indica que es recomendable acudir a aquellas que puedan resultar más beneficiosas, como el coco, que a pesar de haber sido considerada una grasa saturada poco saludable, lo cierto es que brinda grandes beneficios. No solo porque suministra energía, sino porque igualmente ayuda a elevar el gasto energético y a quemar más calorías.

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Fuente: elmundo.es