Todos los adultos tienen ideales, metas que aspiran llevar a cabo en algún momento de sus vidas. Sin embargo, a veces esto no se consigue y transmiten esa deuda a su descendencia. La mayor parte de los problemas de los niños tiene que ver con las particularidades de los adultos, fundamentalmente, con la conducta de los padres muy exigentes.

La realidad que ven los niños depende de cómo les presenten el mundo los adultos que le rodean. El niño es guiado por el adulto, incluyendo las exigencias que le hacen. Si la exigencia es muy alta, se crea una ansiedad excesiva en el niño que causa problemas emocionales. Una sensación de que nunca lo está haciendo bien o que le falla a sus papás.

 

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A veces, sin quererlo, los padres chantajean emocionalmente a sus hijos y les exigen por carencias propias que quieren que sean superadas por ellos.

“Yo quiero que mi hijo sea mejor de lo que yo fui”, esa frase puede condenar o estimular, dependiendo de las capacidades del niño.

A los padres se les dificulta aceptar y asumir que su hijo tiene dificultades para aprender o adquirir conocimientos. El padre debe preguntarse si aquello que le exige al niño, tiene que ver con aquello que el niño puede cumplir

No todas las personas tienen las mismas capacidades individuales para realizar con eficacia retos académicos. Si este niño no tiene capacidad, sentirá que no es suficientemente bueno y que no consigue el amor del papá.

Los papás deben diferenciar entre lo emocional y las exigencias que les harán a sus hijos. Es necesario exigir y poner límites, pero hay que determinar también cuánto es saludable exigir. Si hay muchas dificultades, lo más recomendable es llevar al niño al psicólogo para descartar problemas cognitivos o dificultades de aprendizaje.

Fuente: Sabas Castillo, psiquiatra infantil. Twitter: @DoctorSabas. Tlf: (0212) 977.75.42

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