Marzo es el mes de la mujer, esta celebración no merece un mes y menos un día, para un ser que en la historia de la humanidad ha sido y será la mejor creación, quien da vida, la base de nuestra sociedad, motor de la familia, engranaje de un todo.

Nuestro primer alimento nos lo proporciona una mujer, antes de llegar a ver la luz, ya nos forma, nos habla de la vida, nos muestra con una conexión mágica, que la alegría y la felicidad son parte de lo que viviremos, indistintamente de que su vida no sea color de rosas, tapa lagrimas con sonrisas, penas con abrazos para que vivamos desde el amor.

Mi primera conexión con el amor y la alegría se gestó en el vientre de mi madre y es por eso que siempre pensé que fue y será mi mayor bendición, una bendición que comenzó a alimentar mi alma, mi espíritu, mi cuerpo, que desde su vientre me alimento, al nacer me dio mi primer alimento en un contacto íntimo con su pecho, me llevo a descubrir sabores y olores a través de papillas con las frutas como protagonistas, luego me paseo por los vegetales, pasamos por las proteínas, con la paciencia que solo una madre puede profesar, me guió y me educó en el arte de comer, por eso mis alegrías primarias se relacionan en una simbiosis entre el amor y la comida.

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Mis mejores recuerdos y mi memoria se llenaron de aromas y sabores, que me regalaron  una nostalgia bonita que asoma sonrisas que llegan de repente y me pueden alegrar el día, la semana y hasta la vida entera, es mentira que no sienta molestia ante ciertas situaciones, sin embargo esos momentos son fracciones de segundos en mi transitar, permanezco en la alegría, llega un punto que la gente te puede ver anormal por no vivir en la molestia o que una situación puntual no te arrastre en la ira o el resentimiento del momento, llegan a ver como una proeza que lo hayan visto sonreír una vez y sub-normal quien vive en la sonrisa.

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La sonrisa y la alegría las sembró mi madre en mí como un hábito, en algún momento de tanto suceso o deceso familiar mis alegrías se opacaron y en algún punto fue tan fuerte el dolor acumulado por esas pérdidas, de mi padre a los 14, mi hija a los 21, mi hermano a los 24 y mi madre a los 28, que solo veía la opción de no seguir en este plano o tenía la de volver a respirar combinado con vivir, que me reconectara a este bello proceso y esto llegó de la mano de quien tuvo la paciencia de auparme a que estudiara y me formara en el mundo del coaching, de la terapia sistémica, por cierto formaciones que nunca estudió, pero entendía que si me ayudaban eran buenas, de allí en adelante todo es historia, llevo años en esta formación espiritual y solo muestro una mirada a otros donde se cree todo perdido.

Por eso hoy años después vivo la nostalgia bonita de mi familia desde la alegría de un recuerdo con aroma a minestrón, a goulash, salchichas, mostaza, me da gracia que no coma cambur por mi hermano y el molinillo que hacia al triturarlo y devolverlo. La comida me reconectó con la alegría de saber que tuve unos padres maravillosos que me formaron y sin proponérselo me llevaron a tener la cocina como mi pasión de vida, gracias mamá y sobre todo gracias por no criarme como un ser machista, todos los días celebraré a la mujer y en todo momento rendiré tributo para ellas. Gracias Dios.

Alexander López chef Ligerito