Despertarte un domingo con un desayuno recién hecho y en abundantes proporciones era sinónimo de que mi padre había entrado en la cocina, admito que eso selló mi gusto por la gastronomía, un menú tan rico como variado, arepas sin lugar a dudas, bollos, panquecas, wafles, tostadas sencillas y francesas, panes variados; queso de mil tipos, fresco, a la plancha, frito, nata, crema de leche, mantequilla; jamón, tocineta crujiente, unas salchichas salteadas alucinantes; huevos fritos, revueltos, un perico impresionante; jugos, café, esto solo era el abreboca de una de las dos mejores cocinas del mundo, la otra era de mi madre.

Una cocina que daba gusto ver después de esos banquetes, ordenada y lista para un almuerzo-cena que prometía grandes exquisiteces, donde destacaban las sopas: gulasch, chupe, hervido de res, me volví tan fanático de ellas, que hoy me considero un sopólogo y ese gusto se lo debo a él.

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Un ser que siempre supo estar en mi formación, sin decírmelo me estaba dando uno de los mejores regalos de mi existencia y es entender que somos 70% de lo que vemos y 30% de lo que escuchamos.

Él supo brindarme con ejemplos todos los días, (los que la vida le permitió a mi lado), que ser honesto era algo que se lleva de crianza.

No atropellar a nadie, ser educado, caballero ante todo, siempre pulcro, de tomarse dos tragos para socializar y no para hacer el ridículo, en constante evolución, siempre leyendo y estudiando, trabajador incansable, quien bajaba al carro a discutir con mi madre si tenían alguna diferencia para no hacerlo frente a nosotros, de traer todos los días el periódico y dejarlo para que yo lo leyera, una de mis carreras es Comunicador por algo será, quien todos los días llevaba canillas calientes sin la punta recién comida por él, hoy en día soy panadero dentro de una de formaciones en la cocina.

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Con un closet impecable de ordenado (gracias a la ayuda de mi madre), excelente conductor, nunca chocó, con una respuesta inteligente para todo, jugador de Cervecería Caracas como se llamaban los Leones del Caracas, ingeniero, hacendado, quien a los 18 años le compro a su madre su casa propia, con los siguientes trabajos en sus inicios: vender periódicos, limpiar zapatos, vender entradas en un cine; quien me ponía a limpiar los sábados en la casa todos los espejos y ventanas, con escoba en mano y manguera lavaba a fondo todo, me enseñó a lavar su carro y ese fue uno de mis primeros negocios de niño: lavar los carros de mis vecinos.

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Cómo no agradecer tanto al ser que me dio una pela el día que se me ocurrió quitarle 20 bolívares, quien nos hacia nuestros cumpleaños con torta y piñata, que me enseñó a comer perro calientes (me comía 3 de niño) y ese gusto por la mostaza que al olerla hoy en día me lleva a su recuerdo desde la nostalgia bonita, mi gusto por la pasta larga es gracias a las que preparaba de una forma tan espectacular, que mi memoria gustativa y olfativa se mantienen intactas ante una bolognesa de otro mundo.

Podría escribir un libro de este maravilloso ser humano que se fue al cielo cuando yo tenía 14 años, que la vida se llevó de forma natural y no con la zozobra de que le fueran a hacer daño por haber estafado a alguien, que hoy 28 años después a quien me consigo y lo conoció solo habla bendiciones de él, al igual que de mi madre.

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Hace 10 años en el 2007 conversando con un familiar se le salió, pensando que yo lo sabía, que Oscar no era mi padre biológico, me dolió muchísimo y ya mi madre no vivía para preguntarle, pero si puedo recordar que un día le pregunte si él era mi padre y ella contesto que sí, lo cual fue, es y será verdad, ya que no pregunté si era biológico y mientras estuvo vivo él le pidió a ella que no me dijera esa parte de la historia.

Hoy me siento mucho más feliz y agradecido con el regalo que me dio Dios al ponerme en mí camino tan bellos seres de luz y solo quise relatar un detalle de lo que vi en él, somos ejemplo de lo que vemos y así expresar que sin ningún compromiso  él me lleno, me formo y me hizo sentir el hijo más orgulloso del mundo.

Un día le comente a mi hijo que la historia de su vida sería distinta y me dijo: “si eso no hubiera pasado yo no estaría aquí contigo”. Ese día llore en una mezcla de agradecimiento y felicidad por tanto que he recibido. Gracias papá, gracias mamá, gracias Dios.

Alexander López chef Ligerito