Un viaje que terminaba, comenzó siendo el inicio de un todo, es como el buen postre que sella una comida, con todo y eso lo que inicia es un viaje sensorial al momento más esperado de esa velada, esos minutos se pueden convertir en años y los años en minutos, solo la paciencia, la ansiedad y las ganas le dan el justo valor al tiempo.

En ese postre se comienza a desarrollar todo una historia, que abre su propio espacio para volverse protagonista, con un buen vino se van decantando esos sabores y es donde verdaderamente empezamos a disfrutar de esta experiencia, que nos puede elevar en un momento, que vamos tomando uno a la vez, con el deseo de que jamás se acabe, administrando cada bocado, como si fuera el ultimo y en ese momento comenzamos a rememorar todo lo sucedido antes de este espacio y pierde toda fuerza ante la inminencia de esos sabores.

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Pensabas que esa comida era especial y cuando ya estabas terminando tu viaje te consigues con esa mezcla de un postre perfecto que no empalaga, por el contrario te envuelve con su diversidad de sabores, el dulce que te llama, que te atrae, lo suave de su textura que promete un toque de ternura, lo duro en sus capas que contrasta con lo esponjoso te confunde, a la vez te va llevando en ese viaje de SENSACIONES por un camino que sabes ya no tiene retorno, luego te consigues el crocante que mueve tus sentidos con una mezcla de picante, él se apodero de ti, en algunas notas sientes el ácido y lo agradeces, él te pones los ojos en un brillo pocas veces visto, por ultimo cierras con el toque salado, ese que nivela todo y te pide volver a repetir una vez más ese viaje sensorial.

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Como el buen vino lo vas disfrutando y en tu pequeño mundo recreas una vida y una historia en un todo, que sorbo a sorbo sabes que cada vez será mejor, vez la copa a trasluz y en un proceso de videncia logras visualizar un presente maravilloso y un futuro de esos que arrancan sonrisas de solo imaginarlo.
En cada nota aromática te dejas llevar con la promesa de volver, una promesa que te conecta con esas vivencias de adolecente, donde el corazón se te aceleraba y no te dejaba dormir días antes, semanas después de ese primer beso ya no te encuentras, con una sonrisa que no se borra de tu rostro, caminando por el aire en un flotar que solo un ser que ha vivido esos sabores puede entender, el día que deje de sentir, la vida no tendrá mucho significado, por eso vivo en una constante ilusión que se renueva cada vez que abro los ojos y se potencia cada vez que los cierro.

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Toda esta conexión mágica tiene un solo artífice y es el universo conspirando en una causalidad gigante para que ingredientes tan distantes, diferentes y contrastantes se fusionen en una mirada, que una preparación los reunirá como una obra de arte, que solo podrá ser admirada por sibaritas en su total inmensidad, tan exponencial en que en la distancia se juntas aromas y en el tiempo se asientan sabores.

Como explicar esa mezcla en un todo, que por separado no tiene sentido, de una sola forma y es viviéndolo, una preparación que te lleva a vivir esa experiencia en plenitud, entrega total, con la promesa de un inicio donde creíamos un final, tan mágico que promete ser un viaje del cual no te queras despegar y menos aterrizar.

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Gracias Dios.

Alexander López chef Ligerito