Hoy día, me atrevo a afirmar,  que todos pueden sentirse en capacidad de hablar sobre del estrés, pues les es conocido.

¿Quién no vive subyugado y sometido por el estrés, sobre todo en Venezuela?  ¿Quién no ha experimentado algún tipo de enfermedad que su médico no haya atribuido al estrés?

Sin duda, el estrés actualmente es la madre de todos los males, mentales y físicos, acelerando el surgimiento incluso de aquellos que nos corresponde por herencia. Y lo más triste es que es muy complicado deslastrarnos de este fenómeno inherente a la modernidad.

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¿Qué es el estrés?

El estrés no es más que una reacción fisiológica que se sucede en el organismo cuando se afronta una situación que se percibe como demandante o amenazante.

Esta reacción orgánica está constituida por modificaciones neuroendocrinas estrechamente mezcladas que involucran al hipotálamo o centro de emoción del cerebro; más las glándulas hipófisis y suprarrenales, que terminan siendo el centro de reactividad.

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Conversando recientemente con mi amigo el Dr. Juan Carlos Méndez, especialista en medicina antienvejecimiento, en mi programa de radio, me explicaba que cuando una persona está sometida al estrés, “se inicia la fase 1 de alarma dirigida por la noradrenalina que es segregada por el cerebro para aumentar el nivel de alerta visual y auditivo”.

Si esta especie de estado de emergencia se mantiene en el tiempo, se activa la fase 2 de resistencia, en la cual, “la glándula suprarrenal segrega adrenalina y cortisol, responsables de acelerar el corazón y la respiración, así como también elevar los niveles de azúcar en sangre más garantizar un flujo sanguíneo, oxígeno y glucosa elevado a nivel cerebral y muscular para luchar o huir”, o lo que es lo mismo, atender la emergencia.

Y es este estado de aceleración sin haber una real contingencia física, el que va desgastando el cuerpo y enfermándolo, si se prolonga por largos lapsos.

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En palabras más simples, la fase de resistencia mantiene elevado los niveles de adrenalina y cortisol, lo que a su vez eleva los niveles de azúcar y tensión arterial; y esto da paso por ejemplo, a enfermedades cardiovasculares y diabetes.

También puede generarse un agotamiento de la secreción de hormonas de la corteza suprarrenal y con ello, la extinción de las reservas antiestrés del cuerpo, es decir, se iniciaría “la  fase 3 del estrés, que no es más que el estado de “agotamiento o burnout”, típico en los médicos por cierto, y es simplemente estar fundidos.

Llegados a este punto pudieran imaginar que este proceso llegó a su final, pero no, se puede caer más abajo todavía, ya que la alteración metabólica y homeostasis con la capacidad disminuida de seguir tolerando el stress, coloca al paciente en la fase 4 o etapa del “pánico”.

Finalmente, en la medida que el estrés somete a nuestro cuerpo a una “falsa emergencia”, se van paralizando todos los mecanismos de supervivencia y aparecen las alergias, los dolores musculares, la obesidad, las enfermedades cardiacas basadas en la hipo o hipertensión y  alteraciones psico-emocionales como la ansiedad o depresión.

Y ustedes dirán, ¿tanto? … pues sí, porque además la ansiedad y la depresión al aparecer dan lugar a un mayor estrés orgánico, lo que instaura un círculo vicioso catastrófico.

Esta columna fue originalmente publicada en Caraota Digital