Hace varios años me llegaron a parar en el aeropuerto de Bogotá, en Miami y en Ecuador. Me pedían el pasaporte. Al verlo me llevaron a un cuarto donde interrogaban a los pasajeros. En ese momento me pidieron el documento de identidad de mi país y les presente mi cédula. Quedaron peor que antes y me comenzaron a interrogar. Para ellos era inaudito que yo saliera sonriendo en ambos documentos. Según ellos todo el mundo debe salir con cara de pocos amigos o molesto.

Mi pequeño mundo se mueve en otra energía y no es justamente estar amargado. Hace muchos años entendí que merecía vivir y ser feliz en todo el sentido de la palabra. Ha sido un proceso que trabajo cada día, que me invento razones para ver lo bueno de lo malo, donde siempre agradezco lo que me rodea y lo que me sucede.

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Fotos cortesía

Esta tarde dando mis clases de mini chef, vi mi reloj al lavarme las manos y pensé que no lo había ensuciado con harina al trabajar los panes. Me sequé las manos y caminé como 5 pasos cuando estrellé la mica contra el filo de un congelador y la quebré en mil pedazos. Soy un ser humano y me molesté. Me lo quité, lo puse en una mesa, al rato pensé que sin reloj no tendría que llegar a tiempo a ningún lado y mejor aún no tendría estrés del tiempo. Llegar a ese nivel fue un trabajo de hormigas, lento pero seguro.

Creo que no molestarse no es el truco, mas bien creo que es el tiempo en que sueltas una emoción que no te da paz o no te permite respirar, ese salir a la superficie cuando caes en un hueco o en un bache, es la diferencia entre ser feliz o no.

Ese poder de reposición de la sonrisa es tan importante para mi vida, que hoy siento que me llena más que cualquier otra cosa en el mundo. Es una terapia que me da impulso para seguir y levantarme todos los días con la certeza de que es un nuevo día y por consecuencia es una nueva oportunidad de hacerlo mejor; de una nueva mirada más compasiva y no tan flageladora como se suele hacer en algunos casos donde el perdón a nosotros mismos no es permitido por ceguera temporal de una emoción que no da claridad a la razón.

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Y en medio de un tango que evoca melancolía, armonía y naturalidad en su ritmo, imagino que la vida es como el baile, donde solo debes fluir y en tu tiempo, sin dejarte presionar por nadie desenvolverte en la pista, ir por ella y cuando te equivoques bajar la velocidad, respirar, pensar y con firmeza tomar el paso, que sientan en tus movimientos, que aunque te hayas equivocado todo toma su rumbo, sin sentir la presión de vivir en el acertar siempre o hacerlo bien sin paz.

Por eso pienso que en estos momentos de transición del país, en un proceso de migración tan fuerte donde muchos de los venezolanos están tomando otros rumbos, hacerlo bien es el único modo de irnos, de otra forma no es negociable. Si te quedas hazlo bien, si te vas hazlo bien, donde estés hazlo bien, por eso prefiero que me paren en un aeropuerto por sonreír y no por hacerlo mal en otro país.

Gracias Dios.

Alexander López chef Ligerito