La mejor receta que he preparado en mi vida, es haberme formado para transmitir todas las miradas de la cocina que he conocido, presentadas con una mezcla de crecimiento personal, entendiendo que cualquiera puede tomar una receta en la web, pero no todos darles amor con la energía que merece una obra de arte.

Ese amor por la cocina, es lo que sé que existe en una receta de calle o en un restaurante 3 estrellas Michelin, con un punto en común: quien los ha preparado es un ser que ama su profesión y es perfeccionista con los detalles, el servicio al comensal, la selección de sus ingredientes, la creatividad con lo que tenemos a mano. De esa misma forma es la vida. Es hacer de lo común algo maravilloso con los elementos que tenemos a nuestra disposición.

He tenido la oportunidad de probar platos que son de campeonato y todos ellos coinciden en las manos que los hacen, en esa entrega por ver una sonrisa en los comensales. Esa magia es la presente en un gran porcentaje de las madres que día a día nos regalaron su amor en la máxima expresión que puede salir de los fogones.

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Toda esa emocionalidad se transmite de generación en generación, con la mesa y la familia como protagonistas de toda esa magia que se crea en los fogones.

Esa memoria gustativa en el paso del tiempo es la que queda en nuestros recuerdos. En uno de mis talleres de Cocina para el alma, compartí con uno de los participantes una experiencia que me ratificó que nuestra memoria gustativa es motor para conectarnos con la alegría y la felicidad de inmediato.

Él, por un accidente, perdió el sentido del gusto. Con todo y eso probó ese día un plato que le fascinó y es mi interpretación de un Pastel de Chucho. Le pregunté cómo pudo saborearlo y me contestó que sabe lo rico que es, que se acordaba y es entonces que se confirma mi teoría del registro gastronómico que llevamos en nuestra memoria. Y es ese registro el que nos conecta de inmediato con emociones positivas y de alegría.

En mi caso, la mostaza logra ese efecto. Cada vez que la pruebo o la huelo sé que algo bueno va a suceder. Nunca falla. Mi padre me consentía con perros calientes y hamburguesas que me elevan hoy en día. Por cierto, la uso en cualquier mirada de la cocina y me fascinan los resultados que se han generado.

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Un padre o madre que comparta el gusto por la gastronomía con sus hijos, tiene asegurada una conexión mucho más sólida y perdurable en el tiempo con ellos, por eso familia que come unida permanece unida.

Dos cosas creo que son innegociables para mí como padre. Una dejar los estudios, sin imponer que carrera debe tomar, que estudie lo que sea, pero que lo haga, que se formen, jamás dejar de hacerlo, por eso somos seres en constante evolución. Y la otra es todos comemos en la mesa juntos, nadie come en los cuartos o frente al televisor, ahhh y no se come a la carta, se deben compartir gustos a la hora de comer y aprender que debemos respetar la mesa, el hogar y la familia.

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Esta temporada de mini chef se convirtió en una gran terapia que me regalan los niños con su mirada sin vicios, clara, sin filtros y pura de corazón.

Gracias Dios.

Alexander López chef Ligerito