Domingo 22 enero 2017
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madurez

Por. Carolina Vázquez Hernández

Cortesía

Las mamis que hemos dado lactancia materna exclusiva hemos vivido de manera crítica las “pico-crisis de crecimiento” de nuestros bebés.  Han sido días donde la duda nos ha embargado y no nos sentimos capaces de satisfacer todas las necesidades de nuestr@ hij@, han sido días de alta demanda donde bañarse o atender cualquiera de nuestras necesidades básicas ha resultado ser una labor titánica, si es que llegamos hacerlo.  Han sido días donde recurrimos a todos nuestros recursos: amigas, madres, consejeras de lactancias, médicas… buscando una respuesta que nos de paz en esa transición. Quizás, quienes vemos esto a lo lejos suspiramos diciendo, “uf, menos mal que ya salí de eso”, sin embargo hoy quiero decirles que los “picos de crecimiento “ no son sólo biológicos y de alimentación física, nuestros hij@s pasan por “picos de crecimiento emocional, psicológicos y espirituales”.

Mucho de lo que llamamos “crisis”, “rebeldía”, “adolescencia”, “conflictos”, etc… no son más que “picos de crecimiento pisco-emocionales-espirituales”.  Son períodos en donde nuestr@s hij@s nos demandan nuevas habilidades para cultivar, quizás, una nueva relación con ell@s desde su nueva realidad o sus necesidades vigentes.

Mucho de lo que afecta la calidad de relación madre-padre-hij@ es quedarnos en verles como “nuestro eterno bebé”, nuestr@ “dulce y tiern@ niñ@“ sin querer sentir el dolor del parto constante de parirlos a su madurez e independencia en cada período evolutivo.  Es el deseo de , como madres-padres, congelar una manera de amarles, sin ver que eso también se transforma.

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Cuando ell@s comienzan a diferenciarse de nosotros como madres-padres, cuando ya no desean, ni les gustan nuestras propuestas, desde las más sencillas como su ropa, hasta las más importantes, como pueden ser normas y/o hábitos, comienzan a vivirse las frustraciones de que ell@s no son como lo esperábamos, no comprendemos el por qué nos tenemos que plantar en una “lucha” para que “hagan caso” y desde allí, quizás desde los 2 años, comenzamos aprender,  o no, a como manejar sus “picos de crecimiento psicoemocionales-espirituales” y que durarán de manera marcada hasta los 21 años (y en está sociedad infantilizadora puede ser hasta los 28).

En mi afán de despatologizar al ser humano e integrar todas su dimensiones del ser, me gusta llamar a estos períodos “Hitos de madurez”.  Son periodos, vivencias necesarias para que ell@s se transformen en seres humanos interdependientes, verdaderamente autónomos a nivel emocional-espiritual, con autorregulación y responsabilidad de sus emociones y con uso pleno de su libre albedrío. Donde nazcan a su propia autoridad interior y a un poder creador-transformador sin necesitar el autoritarismo regulador de la sociedad.

Hacer una tabla de clasificación de cuáles son esos hitos por período cronológico, como lo hacen en la psicología evolutiva y el desarrollo psicomotor u otra habilidad, siento que etiqueta y restringe lo único que es cada ser.  Mucho han hablado de los ciclos de siete años (en específico para la mujeres), los de 12 años (más para los hombres) y cada cultura tiene su propia visión de ello.  Yo lo que pido es que se desarrolle una capacidad perceptiva de los padres-madres para ver a sus hij@s desde esa comprensión y no desde la patología de la “crsisis” (vista y abordada como negativa), desde “él o ella tiene un problema y hay que llevarlo al psicólogo”, desde el miedo o la angustia de que “algo esta mal”.  Sin duda alguna, son períodos desafiantes, donde (como en la lactancia materna) nos desorientamos, sentimos que no satisfacemos sus necesidades, donde dudamos de lo que hemos hecho.  Pues también nos toca crecer con ell@s y mirar hacia adentro.

Los “Hitos de Madurez”  de nuestr@s hij@s nos invitan a explorarnos como seres humanos, a preguntarnos qué nos esta moviendo nuestr@ hij@, que nos puede estar mostrando de nuestros propios procesos psicológicos incompletos o inmaduros.  Qué herramientas nos esta pidiendo que usemos como modelaje para su madurez: ¿la paciencia?, ¿La confianza?, ¿el verdadero respeto?, ¿el silencio?…  Ahora son desafíos directamente proporcionales a su tamaño, edad y capacidad de comprensión.  Te invito a ver a tu hij@ y que te preguntes ¿cuáles son los desafíos que me está planteando hoy para acompañarle en su madurez pisco-emocional, espiritual?  Como siempre, no hay recetas, no hay fórmulas mágicas, no podemos “saltar” a la siguiente fase porque ésta es muy difícil. Es necesario comprender que es un proceso que requiere tiempo y espacio, que es necesaria la “manada familiar” para darnos contención a nosotros como padres-madres. Es tiempo de sentir, ser humildes y honest@s con nosotr@s mism@s y con ell@s.  Es, quizás, también tiempo de mostrarle nuestra humanidad a ell@s y decirles que “no sé resolverlo todo, ahora nos toca junt@s aprender hacerlo”, “nos corresponde crear una nueva relación junt@s”.

Necesitamos sentir el dolor de la muerte “del niño que era” nuestro hijo y darle la bienvenida al cada vez más maduro  joven o adulto que nace.  Nuestr@s bebés quedarán en las fotos, en nuestros corazones y siempre nos arrebataran una sonrisa.  Ahora aprendemos a maravillarnos con los niñ@s, jóvenes y adultos, en constante transformación, que nos acompañan  en la intensa vivencia de ser familia: madres-padres, en el eterno espiral de la madurez.

Carolina Vázquez Hernández. Psicóloga. Psicología de la Mujer. Psicología Perinatal. Maestría en estudios de la mujer. Doula. Preparadora pre- post natal.  Fundadora-Directora de Aquamater Maternidad Consciente

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Por: Yamileth Angarita B.

Desde que nace un niño (o niña), y sobre todo cuando este es un bebé, los padres se avocan a su cuidado diario y nocturno, procurando su desarrollo saludable y protegido.

Pero pasa el tiempo, ese hijo va creciendo y ciertos hábitos deberían comenzar a modificarse en función de su mayor edad, evolución y capacidad. Uno de ellos está relacionado con el momento de dormir, causa muy probable de conflicto familiar: ¿debe el niño dormir solo o acompañado de sus padres?.

“Hay que valorar dos factores: la satisfacción emocional de los niños, la búsqueda de la independencia y autonomía, y la facilidad o dificultad que pueda tener un padre para separarse de su hijo”, comienza por aclarar la psicóloga y profesora de la Universidad Católica Andrés Bello, Alicia Núñez.

“Generalmente los niños pasan un largo periodo de dependencia física y emocional de sus padres, sobre todo de su mamá. Este periodo también puede ser prolongado dependiendo del temperamento del niño: hay unos que temperamentalmente necesitan más protección, por más tiempo, y otros niños que no porque alcanzan la independencia rápidamente”, explica la especialista

“Estos últimos son niños que se sacian con el amor y el afecto que les dan sus padres y tienen un camino a la independencia más rápido, a diferencia de otros que no se sacian con facilidad sino que pasan un tiempo más prolongado (de apego hacia sus progenitores). El hecho de dormir en la cama (solos) depende de esa saciedad”, dice mas adelante.

mujer durmiendo con hijo grande

Sin embargo, Núñez resalta que la independencia de los niños para lograr dormir solos muchas veces está condicionada por otro factor: “También hay la dificultad de algunos padres. Esos padres dependientes, a los que les cuesta afrontar una vida adulta y se vuelven dependientes emocionalmente de sus hijos”, advierte.

Patrones culturales diferentes

“Cada padre tiene su manera de criar y tiene su propio criterio”, define la psicóloga Alicia Núñez. En lo relacionado con el momento de dormir de su hijo, los padres hacen o no lo que se llama “colecho”.

Como ‘colecho’ se entiende dormir con los hijos. Comprende una variedad de maneras para propiciar tal acción: Desde dormir en la misma cama con los padres, o tener una cuna especialmente diseñada para ir adosada a la cama familiar, o usar una cuna convencional sin uno de los lados y adosarla a la cama donde duermen los padres o también en lugar de una cuna se pone otra cama individual adosada a la cama mayor.

cuna para colecho

“El colecho implica que los bebés cuando están pequeños requieren el cuerpo de otra persona, sean su papá, su mamá o un cuidador para regular sus funciones básicas. El sistema respiratorio, el sistema circulatorio, la temperatura, todo eso se regula con mayor facilidad si el bebé está cerca del cuerpo de su madre, o de su padre o de un cuidador”, dice la especialista. Por cierto, en función de esta reacción, recordó que esa es la misma terapia, llamada “método kanguro”, que se usa para los bebés prematuros.

Pero destaca que también está el aspecto psicológico de los bebés. “En esos primeros meses ellos necesitan la seguridad que les da el cuerpo materno o del cuerpo de algún cuidador. Eso les da protección y facilita una independencia real, no ficticia”. Sobre esta última menciona que es el patrón de conducta más propio de la cultura anglosajona, con el típico desapego hacia sus hijos desde que nacen, asumiendo los padres que tienen una vida independiente de la de ellos.

Desapego e independencia dependen de la cultura imperante

La psicóloga profundiza en este asunto y aclara que cada familia actúa según sus características.

“Eso depende de la cultura. Y como la cultura anglosajona es dominante en el mundo, sus costumbres se han popularizado. Una de esas costumbres es que los bebés duerman en su cuna en otra habitación, pero esa es de ellos, y muchas veces entra en conflicto con otra forma de ser diferente del venezolano que tiende a ser más afectuoso”, comenta.

“Nuestra cultura (venezolana) tiende al apego. Pero los padres encuentran que, por ejemplo, los libros de origen anglosajón dicen que ‘tienen que dejar al bebé en la cuna y en otra habitación’; esto entra en conflicto con la crianza propia, cuando su propia madre le permitía incluso ir a su cama las noches cuando sentía miedo”, analiza Núñez.

mujer durmiendo con su bebé 2

“Desde el punto de vista de la psicología actual, que es multicultural, el apego es positivo en las primeras fases del desarrollo. En términos generales ya los niños a partir de los 3 o 4 años comienzan a buscar su independencia. Los padres pueden facilitar el proceso, haciendo por ejemplo un tipo de habitación llamada ‘Montessori’”, dice la profesora de la UCAB.

Maria Montessori fue una educadora, pedagoga, médica, psiquiatra, filósofa, antropóloga, bióloga, psicóloga, entre otras cosas. Firme defensora del aprendizaje desde el punto de vista del bebé, dio especial importancia a la creación de espacios que permitieran, ante todo, la libertad de movimiento con la finalidad de potenciar su desarrollo físico, cognitivo y el desarrollo de su independencia.

cuarto montessori

Específicamente, señaló que la habitación del bebé debe ser un ambiente hermoso, sencillo y ordenado, con poca decoración, muy accesible y tonos claros para no abrumar las percepciones sensoriales del niño. En cuanto a la cama, indicaba que lo ideal era que esté a nivel del suelo de forma que el bebé pueda entrar y salir por sí solo tan pronto como esté listo para gatear y sin necesidad de llorar o gritar para pedir ayuda. Las típicas cunas con barrotes no permiten la adquisición de este nivel de independencia y más bien inhiben la capacidad de experimentar, explorar y aprender de los niños.

“Sin embargo, también existe esa otra postura anglosajona y más tradicional también, con el método ‘Estivill’ (El Método del Doctor Eduard Estivill), la cual deja llorar al bebé el tiempo que sea necesario para que se acostumbre a estar en la cuna”, explica la psicóloga Alicia Núñez.

bebé llorando en su cuna

Pero, sobre esto refiere que hay investigaciones que confirman consecuencias negativas.

“Investigaciones en neurociencia han encontrado que en los niños el estrés que les genera llorar sin ser atendido, llorar sin ser consolados, ese estrés provoca un menor desarrollo, un desarrollo más lento a nivel cerebral”, afirma la especialista.

De todos modos, admite que a veces no son los propios padres sino las circunstancias las que presionan la separación de padres y bebés. Toma como ejemplo el caso de los progenitores que deciden, o se ven obligados, a dejar a su hijo de meses de nacido en una guardería. “Cuando los bebés entran a los 4 meses a las guarderías, esos bebés sí están carenciados (de afecto), sobre todo si tampoco hay ‘colecho’. Es decir, si no hay crianza durante el día, y, tampoco hay ‘colecho’, esos niños lo que hacen es extrañar a su mamá, produciéndose una ausencia muy importante de la figura materna durante los primeros años. Pero si la mamá trabaja y en la noche está muy cercana a su hijo, el bebé al menos en la noche sacia esa necesidad afectiva”, observó la psicóloga.

Sea como sea, nos señala que lo que es indudable en todas las culturas es que con el tiempo los niños desarrollen su independencia de los padres. “Un niño no va a llegar a los 15 años durmiendo  con el papá y con la mamá. Eso sí es patológico”, acotó. Agregó que tampoco hay que caer en los excesos, es decir, “ni sobreproteger a los niños, ni sobre complacerlos, ni transmitirles los miedos de los padres. “Ahí hay que revisar, primero cuáles son los temores de los padres, si es miedo a ser adultos, miedo a despegarse de los hijos”.

Agradecimiento:

Alicia Núñez, psicóloga. Profesora de la Universidad Católica Andrés Bello

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alicianv@gmail.com

Fuentes: crianzanatural.com y mmontessori2013.blogspot.com

 

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Equipo de Redacción A Tu Salud

Tarde o temprano llega el momento. Bien sea porque el mismo hijo –generalmente adolescente- lo plantea, bien sea por necesidad en la rutina diaria del hogar o porque las circunstancias variaron y así lo obligan: un día el niño o joven tendrá que comenzar a ir solo al colegio y no serán pocas las tensiones que vivirán sus padres.

Hay varios aspectos que entran en juego en este momento, el principal de ellos el que tiene que ver con la seguridad del niño, por su capacidad de resolver de la mejor manera situaciones que se le presenten en la calle o por la misma realidad de inseguridad que registra su localidad.

Las opiniones varían en cuanto a la edad, pero tienden a coincidir en que los niños no vayan y regresen solos al colegio antes de los doce años, cuando en la mayoría de los casos empiezan la Secundaria.

adolescentes a clases 2

Sin embargo, hay quienes apuntan a que no se puede fijar una edad concreta a partir de la cual se deje de acompañar a los hijos, ya que hay niños que, por ejemplo, con diez años son más maduros que otros de doce.

En términos estrictamente neurológicos, Francisco Alonso, psicólogo y director de “Los niños, las ciudades y la seguridad vial” -una investigación española realizada por Audi Attitudes-, señala que hasta los siete años “un menor cuenta con limitaciones de campo visual y también cognitivas a la hora de reconocer los peligros que se le puedan presentar y para reaccionar correctamente ante ellos”. Por eso apunta a que más bien es a partir de los 10 años que ya está preparado desde el punto de vista de desarrollo psicomotor para hacer el trayecto que le corresponda.

“A los 10 u 11 años, la mayoría debe empezar a hacerse responsables de sus actos y practicar habilidades para gestionar sus vidas”, dice por su lado Suzie Hayman, experta británica y autora de Viviendo con un adolescente, reseñado por La Tercera.

Hay también una regla muy buena para balancear permisividad y autoritarismo: “Permitir cuando pueda, pero proteger cuando deba”, de Laurence Steinberg, psicóloga de la Universidad de Temple (EE.UU.) y autora de Usted y su adolescente.

De la misma manera, para Francisco Alonso, si bien entre los padres la inquietud fundamental al tener que dejar ir solos a sus hijos al colegio tiene que ver con su seguridad, y por eso tratan de postergar tal autonomía hasta alrededor de los 14 años, “acompañarles hasta esta edad puede limitar la capacidad de los hijos de asumir responsabilidades”.

adolescentes a clases 3

Hay maneras de ir ajustándose a esta realidad y comenzar a asimilar el desapego, tanto para padres como para los niños. Javier Urra, doctor en Psicología y primer Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, recomienda:

-Durante algunos días acompañar al niño en el trayecto e irle indicando en qué puntos puede existir un peligro, a qué señal tiene que prestar mayor atención. Así se les irá inculcando la atención y responsabilidad de su propia seguridad de cara al momento cuando comenzarán a manejarse solos.

-Una vez que se le ha explicado los posibles riesgos, otros días se puede realizar el trayecto juntos pero con los padres caminando unos pasos detrás del niño, para que observen si captó y responde ante las instrucciones de alerta que le dio tiempo antes: las señales de tránsito, cruces en zonas muy congestionadas de tráfico vehicular, salidas de garajes, etc.

-Cuando comience a irse sin sus padres, procurar que durante algún tiempo el niño se vaya acompañado al colegio por otros amigos.

Entre las recomendaciones policiales a las cuales también se les debe prestar atención están:

—Los padres deben tener en cuenta que la mayoría de secuestros de niños se cometen en lugares públicos, por lo que es en ellos en los que hay que prestar mayor atención.

—Por lo general, un secuestrador no se lleva a los niños con violencia, sí mediante el engaño. Hay que concienciar a los pequeños de que no hagan caso de propuestas de extraños.

—Comunicar al menor que el mal existe y que debe pedir auxilio y gritar si alguien trata de hacerles algo malo.

—Transmitir a los hijos que deben acudir a los policías para pedir ayuda. Evitar crearles en la infancia la falsa idea de que los policías son personas malvadas que los castigarán constantemente si no se portan bien.

Por último, hay que tener en cuenta que la distancia que haya desde la casa hasta el colegio al que asiste el niño puede representar también un aspecto que favorezca o postergue la posibilidad de que comience a desplazarse solo. Si el trayecto es muy largo y realmente, lo obliga a tener que tomar algún transporte, habría que evaluar si a los 11 años el joven ya está en capacidad de manejarse.

Claudia Moya, psicóloga de Fundación Integra dice al respecto, según publica La Tercera: “Se debe considerar la distancia y si es seguro. Es importante, además, que si el niño no quiere o no se siente preparado, tampoco obligarlo”.

Fuente: abc.es y latercera.com