Yakary Prado

Nuestro sistema inmune es nuestra institución de batalla por excelencia. Su especializada y vital función de luchar contra elementos extraños como las bacterias, hongos, virus, parásitos y células tumorales es ampliamente conocida. Pero lo que pocos saben es el importante papel que desempeña el sistema nervioso central en la regulación del sistema inmunológico, así como que existe una reciprocidad en el control del cerebro por parte del sistema inmune.

Esta compleja y fascinante interrelación es lo que precisamente estudia la Psiconeuroinmunología (PNI) ciencia multidisciplinaria que se ha planteado el desafío de tratar la mente y el cuerpo como una unidad, a la luz de diversos hallazgos científicos que han dejado por sentado cómo un evento estresante de orden físico, ambiental o emocional induce una respuesta fisiológica alterada (segregación de altos niveles de sustancias como el cortisol, denominada la hormona del estrés) y puede afectar la funcionalidad del sistema inmune. Esta respuesta indeseada es capaz de potenciar, a su vez, la vulnerabilidad de una persona ante enfermedades como el cáncer, problemas autoinmunes y diversas alteraciones endocrinas.

Tal y como lo explicó en el marco del taller “Cómo Apropiarse del Sistema Inmune” la química e inmunóloga Marianela Castés, son muchas las similitudes que tiene el cerebro con este complejo sistema. Ambos tienen memoria: el hecho de que se pueda vacunar corrobora que también es una facultad del sistema inmune. Asimismo, y tal y como las tareas cerebrales son específicas, así también lo son las labores que llevan a activar la respuesta inmune.

Como más indicios de esta interconexión, se tiene que existen terminaciones nerviosas en el timo, bazo y ganglios linfáticos, que son los órganos de la respuesta inmune. A su vez, los linfocitos, que son los caballitos de batalla por excelencia del sistema inmune, poseen receptores para recibir neurotransmisores producidos por el cerebro (acetilcolina, noradrenalina, endorfinas, encefalinas, serotonina) y hormonas producidas por el sistema endocrino (corticosteroides, insulina, prolactina, testosterona, hormona del crecimiento)

También, los linfocitos producen prácticamente todas las hormonas que produce el sistema endocrino, mientras que las neuronas del cerebro son capaces de reconocer y producir sustancias como los interferones, interleuquinas, histaminas, entre otras, que antes se creía sólo las producía el sistema inmune.

Conocimiento en función de la salud

La anterior información parece de tratado de medicina, pero lo cierto es que puede ser usada para asumir el manejo de nuestra salud y el control de nuestro bienestar
Para la PNI, el estrés es una constelación de eventos que comienza con un estímulo (estresor) que precipita una reacción al cerebro (percepción) la cual activa sistemas fisiológicos en el cuerpo (respuesta de estrés)

El estrés crónico sostenido activa el eje neuroendocrino y lleva a la producción del cortisol, sustancia supresora de la respuesta inmune. Las personas con depresión crónica tienen altos niveles de cortisol, por lo que las personas deprimidas tienen más probabilidad de desarrollar enfermedad crónica.

Desde este enfoque, lo importante no es el estresor sea cual fuere, sino la percepción. “La forma en cómo veo esos eventos activa mi respuesta de estrés: o genero neurotransmisores de respuesta, de lucha, u otros que me dan depresión”, afirma Castés.

Al comprender que todas las funciones del cuerpo están bajo la influencia de las emociones, que a cada emoción le corresponde un neurotransmisor y que estas sustancias tienen efectos en los procesos del cuerpo, podemos entender cómo la respuesta inmune se puede aprender y que, de alguna manera, podemos enseñarla bien a activarse o a suprimirse.

Más estrés, más tumores

Otro dato revelador que asevera la anterior conclusión es que las células natural killer –que luchan contra la actividad antitumoral- disminuyen en estados prolongados de estrés, tanto en número como en función, lo que permite afirmar que las cargas emocionales o psicológicas pesan más que la genética al momento de enfermarnos.

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