A las siete familias de fármacos ya existentes se ha unido en el último medio año una nueva: los inhibidores del transportador sodio-glucosa (llamados genéricamente gliflozinas).
Se trata de un nuevo abordaje: el medicamento tiene la capacidad de bloquear el proceso por el que la glucosa supera el filtrado de la sangre en el riñón. Para hacerlo -y seguir en el torrente sanguíneo- necesita del transportador. Al inhibirse este, no consigue superar el filtro y acaba expulsada con la orina. El fármaco los tapa, con lo que las sustancias no siguen en el circuito. De esta manera, baja el nivel de azúcar de la persona. Además, en el proceso también se pierde sodio, lo que baja la tensión arterial, y, como consecuencia provoca la salida del azúcar. Estos estos procesos fueron explicados por el Dr. Javier Salvador, especialista en Endocrinología de la Clínica Universidad de Navarra; su colega del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, Susana Monereo, y el farmacólogo Antonio Fernández, de Janssen, el laboratorio que fabrica una de estas moléculas.

La diabetes afecta al 13,8% de la población española, expuso Salvador, y «en 10 años los casos casi se han doblado». «Es una enfermedad metabólica, crónica, controlable, en la que es clave combatir la obesidad, pero no es curable», añadió. «Además de muy prevalente, es progresiva», añadió Monereo. Esta última condición es la que hace necesarios estos nuevos fármacos, añadió la endocrinóloga. «El tratamiento dura muchos años, y es muy importante disponer de un medicamento que mantenga su efecto con el tiempo y sea poco tóxico», dijo la doctora. La gliflozina, al retirar la glucosa de la sangre, evita su efecto tóxico sobre el endotelio de los vasos, con lo que se reduce el daño que lleva a amputaciones o pérdida de visión.

El estudio
El laboratorio probó el medicamento en más de 10.500 personas, con un seguimiento de hasta seis años y comparándolo con los fármacos ya existentes, y «en todas las combinaciones posibles», dijo el representante de Janssen. «Se puede mezclar con todos», señaló.
Para Monereo, se trata de un producto «genial para empezar el tratamiento», ya que consiste en una pastilla diaria. El problema es que la diabetes «tarde de siete a siete años y medio en ser diagnosticada». «Es una enfermedad silente», explicó. Detectándola a tiempo se controla mucho mejor, pero como no da síntomas, eso pasa poco. Por eso el médico afirma que todos los mayores de 45 años deben mirarse la glucosa una vez al menos cada tres años, y , más aún, si tiene factores de riesgo (antecedentes, obesidad, hipertensión).

Fuente: El País
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