Con los avances de la ciencia y de la investigación clínica, cada día los médicos y pacientes contamos con nuevos métodos de diagnóstico y tratamiento para el manejo de  las distintas enfermedades y condiciones que afectan a las personas, mejorando la atención médica, el diagnóstico precoz de enfermedades y de igual forma, la prevención de las mismas. Esto por supuesto es algo intensamente provechoso. Sin embargo, la tecnologización de la medicina, aunque útil, tiene un gran riesgo, que es el abandono de la aproximación del paciente como individuo por parte del médico en pro de la búsqueda del origen de la dolencia que lo aqueja.

Es frecuente que los pacientes y sus familiares, ante algún tipo de síntoma acudan primero a un laboratorio a realizarse algún examen de sangre, esperando encontrar algún valor alterado, y subsiguientemente en lugar de solicitar ayuda profesional, ingresan a internet o algún conocido para buscar información al respecto, lo que puede llevar fácilmente a aproximaciones inadecuadas.

Los exámenes son un apoyo, en ocasiones indispensables, para establecer un diagnóstico definitivo, sin embargo, existen muchas patologías (por no decir la mayoría) cuyo diagnóstico es eminentemente clínico, es decir, depende exclusivamente del interrogatorio y el examen físico que se realice al paciente. Con frecuencia los pacientes exigen que se le realicen “todos los exámenes” para tener la tranquilidad de que están bien, sin embargo, eso de “todos los exámenes” no existe. Hay sistemas del organismo cuyo funcionamiento es imposible de establecer con pruebas o estudios y frecuentemente, es el interrogatorio médico y los síntomas del paciente los que manifiestan la presencia de un desorden. Realizar “todos los exámenes” además de ser costoso, puede ser contraproducente, ya que, aunque el paciente presente alguna imperfección en ellos, no necesariamente significa que la dolencia que lo aqueja, sea producto de esa imperfección. “Nadie puede encontrar, lo que no sabe que está buscando”, y es por ello que, realizarse un examen no indicado, puede provocar un giro desorientador en la investigación médica. Esto es más fácil explicarlo con algunos ejemplos.

 

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Cuando una persona sufre de dolores de cabeza, antes de consultar al médico, con frecuencia se realiza exámenes de sangre, y en ocasiones puede encontrar algún valor alterado, por ejemplo, el colesterol elevado. El paciente inmediatamente asocia que el colesterol elevado es la causa de su dolor de cabeza, situación que no es cierta. Es poco probable que ligeras elevaciones de colesterol causen dolor de cabeza, sin embargo, como el paciente lo considera como un hecho, no al médico para revisar ese dolor, ya que para él, la respuesta es evidente. Esto es incorrecto, muchas personas, sobre todo en las ciudades, tienen colesterol elevado por sedentarismo y dieta inadecuada, por lo que aproximación a la que llegó es inadecuada.

También puede ocurrir que el paciente tenga un dolor de espalda baja, una lumbalgia, y pensando que es un problema de riñones, decide hacerse un eco renal, encontrando en el informe del eco un “quiste renal simple”. Inmediatamente se preocupa, y piensa que el quiste es algo grave, que puede ser un tumor y que es la causa de su dolor, por lo que decide acudir a un Urólogo, quien encuentra que el dolor no tiene nada que ver con los riñones. En este ejemplo podemos ver, como el intento de diagnóstico por la persona, generó un gasto en un examen médico innecesario, y adicionalmente llevó al paciente a una consulta que no le correspondía, alejándolo de donde realmente debería acudir, un traumatólogo o quizás un neurocirujano.

Aunque estos ejemplos no revelen mayor gravedad, también pueden ocurrir casos muy delicados, en los que la pérdida de 1 o 2 días puede tener consecuencias importantes, sólo por el hecho de intentar dar explicación, sin un conocimiento apropiado, a una dolencia. También está el caso del paciente o el familiar que espera que sea un examen el que diga lo que tiene, y si ese examen no existe, duda de la certeza del médico.

 

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Verdaderamente el resultado de un examen despeja muchas dudas, pero el 80% de los diagnósticos se realiza con un interrogatorio y una evaluación física, y los exámenes muchas veces se utilizan para descarte de otras condiciones.

Tomemos por ejemplo la Enfermedad de Parkinson.  Ésta se diagnóstica clínicamente con la presencia de 3 signos: Lentitud de los movimientos (Bradicinesia), Temblor en reposo y Rigidez de los movimientos (hipertonía). El diagnóstico del médico se basa en el interrogatorio y el examen físico del paciente y, si le indica una Resonancia Magnética, es muy probable que esta salga completamente normal. Cuando el paciente ve el estudio, aprecia el diagnóstico con incredulidad, ya que le parece insólito que una condición médica como la Enfermedad de Parkinson, tenga un examen de imágenes cerebrales normal, siendo esto lo más frecuente, la mayoría de los pacientes con diagnóstico de Enfermedad de Parkinson, tienen imágenes cerebrales normales.

Esto es más frecuente de lo que la mayoría de las personas cree. Con frecuencia el paciente acude a algún familiar, conocido o al internet para despejar sus dudas, no haciendo valer su derecho de formular a su médico las preguntas que tenga sobre su dolencia, causando a veces un retraso en el inicio del tratamiento apropiado.

Con frecuencia nos dejamos deslumbrar por la tecnología, y esta es de mucha utilidad, pero los exámenes no hacen diagnósticos, los médicos hacen diagnóstico. Los exámenes son una herramienta muy valiosa, siempre y cuando la persona que lo interprete, sea un profesional capacitado para ello. En la época actual, y a pesar de todos los avances de la ciencia, nada ha podido sustituir la relación médico-paciente, como la herramienta primordial en el diagnóstico y seguimiento de las enfermedades. Así que, si tienes alguna dolencia, antes de hacerte un montón de exámenes visita a tu médico de confianza.

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