Si bien los fundamentos se remontan a la medicina ancestral japonesa e incluso a la Antigua Grecia (el mismísimo padre de la medicina, Hipócrates, recomendaba que “el alimento sea tu principal medicina”), el considerado padre de la macrobiótica moderna es Sagen Ishizuka, un médico militar nipón que logró curarse de una enfermedad renal por medio de esta dieta.

Uno de sus incontables discípulos, George Ohsawa, la perfeccionó y popularizó en el mundo. Más tarde, Michio Kushi, alumno de Ohsawa, la convirtió en una moda en los años setenta, particularmente en Estados Unidos, entre las personas de clase alta y celebridades como John Lennon y Yoko Ono, quienes en esa década residieron en Nueva York.

La macrobiótica es una alimentación basada en el principio de equilibrio del yin y el yang, concepto que expone la dualidad de las fuerzas opuestas y complementarias presentes en lo que existe en el universo. En este caso, los orientales lo aplican en la alimentación de una manera más científica: la relación entre el sodio y el potasio y cómo su equilibrio en el organismo es clave para una salud óptima.

“La práctica macrobiótica busca la armonía, el equilibrio y la libertad a través de la selección de los alimentos que ingerimos. Toma los ingredientes que la naturaleza ofrece y los transforma de una forma casi alquímica manteniendo, modificando o generando nuevas cualidades energéticas en el alimento y sus efectos en el cuerpo”, sostiene Paula Hoyos, diseñadora de modas, quien se contactó con Gala, hija de Patricia Restrepo, directora del Instituto Macrobiótico de España.

Alimentarse naturalmente
Comer lo que brinda el entorno para adaptarse mejor a este, es uno de los principios básicos. De acuerdo con Paula Hoyos, “los alimentos, sobre todo las verduras y la frutas de la región en la que vivimos, contienen todos los nutrientes necesarios para vivir mejor en ésta. La macrobiótica favorece e incentiva el uso de productos locales, de producción orgánica, libre de pesticidas, aditivos químicos, saborizantes, texturizantes y conservante. Prefiere alimentos vivos como los granos enteros integrales, las leguminosas, las verduras, frutas, semillas, algas, condimentos naturales, bebidas sin estimulantes y los endulzantes naturales. Propone formas adecuadas de cocción de los alimentos conservando así sus propiedades, nutrientes, vitaminas y resaltando su sabor”.

La cocina macrobiótica evita los lácteos, las carnes (a excepción del pescado, aunque este debe provenir de pesca profunda, no de cultivo), los postres y las harinas refinadas. Hace énfasis en el consumo de frutas y verduras de temporada y en alimentarse e hidratarse según el cuerpo lo requiera, sin excesos.

La personalidad de cada individuo y las condiciones climáticas del entorno en el que habita son otros parámetros de la cocina macrobiótica. Pues con la selección de los alimentos es posible potenciar o contrarrestar cualidades personales y generar sensaciones: refrescar o calentar, producir calma o energía, concentración o dispersión.

“Una alimentación macrobiótica se centra en el individuo y sus necesidades. Para entender la macrobiótica se requiere de práctica. Para la práctica se requiere observación y escuchar nuestro cuerpo”, resume Paula Hoyos.

Fuente: Vivir en el poblado
También puedes consultar:

¿Conoces la dieta macrobiótica?

¿Sabes en qué consiste la dieta aproteica?

Comenta y se parte de nuestra comunidad