En el pasado, los hombres basaban su ventaja competitiva, en gran parte, gracias a su tamaño y fuerza, pero posterior al auge de la economía industrial, la fuerza muscular pasó a ser indiferente.  Una economía de servicio e información premia precisamente cualidades opuestas, aquellas que difícilmente pueden ser reemplazadas por una máquina.

Atributos como inteligencia social, comunicación abierta, la habilidad de sentarse en silencio y enfocarse, no son frecuentemente la providencia de los hombres.  De hecho, éstas parecen ser habilidades innatas y sencillas para las mujeres.

Las mujeres parecen haber realizado durante el último siglo una fiesta sobre humana de flexibilidad. Pasando de no trabajar en lo absoluto, a trabajar hasta que se casaban, luego a trabajar casadas, hasta trabajar casadas con hijos e incluso con bebés.  Si hay espacio para ganar más dinero que sus esposos, lo toman.  Ya no es requerido que cumplan ciertos estándares de restricción aplicable a las “damas”.  Si pueden permanecer solteras y vivir como desean hasta sus treintas lo hacen.

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Los hombres, en cambio, no han cambiado mucho.  Un siglo ha pasado y su estilo de vida y ambiciones permaneces en gran parte intactas.

Para la mayoría de los hombres, su sentido de virilidad se deriva de su trabajo, o de su papel como jefe de familia.

Muchas profesiones han pasado de ser completamente masculinas a ser femeninas, pero casi ninguna ha hecho un cambio inverso.  La madre trabajadora ahora es la norma, mientras el padre de familia que se queda en casa, es aún una noticia singular de primera plana.

En las familias promedio, los padres al comparar a sus hijos hablan de sus varones como altos, esbeltos, brillantes y con personalidad, pero enfatizan que en los estudios no son tan aplicados y se distraen con facilidad con los autos, las fiestas y las chicas. En cuanto a las hembras, además de que viven en promedio mas años, observan que se manejan mejor económicamente, se gradúan con mejores notas y en mayor proporción de carreras universitarias (seis de cada diez graduados universitarios son mujeres), ya ocupan puestos de trabajo que eran ocupados por los hombres, en muchos casos lo hacen incluso mejor, y hasta han ido al espacio.  Esta tendencia es mundial, no solo en las economías desarrolladas como Estados Unidos o Europa, sino también en aquellas en vías de desarrollo.

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En las clases sociales de mayor educación, ocurre una ambivalencia.  Las mujeres trabajadoras y educadas se toman su tiempo para encontrar la pareja perfecta, buscan creativamente mejores trabajos, y luego llegan a sus casas a cuidar de sus niños y a ayudarles en sus deberes escolares con intensidad.  Sus vidas se han enriquecido con posibilidades que sus madres y abuelas nunca soñaron.  Sin embargo, en encuestas de satisfacción las mujeres de estos tiempos no parecen ser más felices que las de los años  setenta. La amplia variedad de opciones crea una propia sensación de ansiedad, nuevas esferas en las cuales competir y juzgarse a si mismas, un miedo constante de que se pueda estar perdiendo de algo.

Para los hombres, especialmente, los jóvenes, esta es una etapa de transición.  Ya no quieren vivir como sus padres, casados con una mujer con la que no pueden sostener una conversación después de largas horas de trabajo, y acariciar a sus hijos distraídamente.   El jefe paternal y único sostén de la familia ya es solo un chiste.  Sin embargo, los hombres no pueden dar la espalda a todos estos cambios por temor a perder su poder frente a esposas que ganan más que ellos, teniendo que pasar sus tardes jugando con sus hijos en el parque o jardín de infancia.

Imaginar un mundo gobernado por las mujeres como más tierno y agradable, puede ser una historia bonita que nos quisiéramos contar todos.  Sin embargo, puede significar grandes trastornos de géneros domésticos, que pueden ser tan revolucionarios y emocionantes, como aterradores e inevitables.   Por tanto, lo menos que podemos hacer es entenderlos con claridad y asumirlos con respeto y responsabilidad.

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