El emigrante
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Rafael San Román licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, terapeuta especializado en counselling y terapias de tercera generación, señala que la vida es un constante cambio, si bien a veces no lo parezca.

De hecho, es uno de los temas de moda en los últimos tiempos, como si asiduamente nos estuvieran recordando con una necesidad necesario: no tanto la de cambiar, sino más bien la de tramitar un cambio cuya aparición no podemos evitar. Parece que este tema se ha transformado en uno de los primordiales motores de nuestra sociedad.

Diversas cosas evolucionan, cambian hasta transformarse en una versión mejorada o complacidamente distinta de lo que eran. Otras parecen cruzar lo que suele llamarse una regresión, de modo que reculan, reducen o, en el peor de los casos, dejan de mejorar. Ocurre en todos los órdenes de la vida: cambiar no es precisamente ir a mejor, el cambio puede darse en muchas y misteriosas orientaciones.

Igualmente logra seguir ritmos muy diversos. El cambio puede ser muy indudable o pasar desapercibido pero, sobre todo, puede originarse de forma rápida, casi explosiva, como cuando hay una revolución, o bien darse lánguidamente, siguiendo un camino más sinuoso y cuya dirección es mucho más complicada de establecer.

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Cuando pasamos épocas de nuestra vida que nos desagradan o no nos gustan, nuestra tendencia es la de anhelar que el cambio llegue cuanto antes. De hecho, nuestra utopía suele residir en imaginar la situación opuesta a la actual y que anhelamos, pero de forma ya terminada y definitiva, como si el siguiente paso fuera estar ahí. Conjeturemos que nos desgarramos una pierna. El primer día rechazamos tanto nuestro contexto que las pocas fuerzas que nos quedan después de añorar nuestra pierna sana del pasado las utilizamos en soñar con nuestra pierna sana del futuro.

No estamos en la capacidad de percibir hasta qué punto nuestra pierna va a tener que andar un camino lleno de problemas y esperas hasta lograr ese punto. Del mismo modo puede suceder cuando estamos en el paro durante bastante tiempo y pensamos que esa realidad cambiará de repente, cuando un día nos seleccionen para una buena y definitiva oferta que cambie nuestra situación, sin pararnos a pensar que posiblemente nos toque pasar por pequeños trabajos temporales antes de lograr la permanencia esperada.

Nos es muy factible imaginar una meta, aquello que anhelamoss, y hacernos a la idea que llegará de golpe, sin pasos intermedios. Con frecuencia, las ganas que tenemos que se origine un cambio significativo en nuestras vidas nos hacen perder la perspectiva de proceso, nuestra capacidad para reflexionar que hay diversos caminos para obtener una meta y que algunos de ellos son largos y retorcidos. De hecho, a veces llegan a serlo tanto que, cuando posteriormente nos damos cuenta que el cambio se ha originado, este no se parece en nada al que habíamos imaginado.

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Es significativo tener presente la idea de proceso y no solo de resultado a la hora de planear los cambios que ansiamos que se materialicen en nuestra vida, así como para concebir aquellos que nos ocurren de forma natural o imprevista. Esto tiene que ver con nuestra flexibilidad para admitir resultados distintos de los deseados y además con nuestra capacidad para analizar nuestra trayectoria con paciencia, lo cual corresponde a hacerlo con tolerancia hacia nuestros propios ritmos.

Para ello es indispensable no desatender la complejidad de los cambios notables, que dificultosamente pueden darse con rapidez o de un solo golpe. Al fin y al cabo, si nos fijamos nos daremos cuenta de que “progreso” y “progresivo” son términos muy relacionados. La relación entre ellos apunta al hecho de que optimar es algo que se efectúa por partes y paso a paso.

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Fuente: nosotras

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