No tengo certeza sobre cómo era la convivencia del ser humano en otras épocas, desconozco si la violencia en sus diversas manifestaciones siempre ha sido algo típico de esa parte negativa de nosotros “la raza superior”, que en unos se desarrolla y exterioriza más que en otros. Lo que sí es cierto es que, actualmente, la agresión es algo latente y presente que se manifiesta de forma intensa en cualquier ámbito de nuestras vidas, seas hombre o mujer, seas la víctima o el victimario.

Esa violencia que aflora a través de conductas abusivas y que es característica de ese instinto o necesidad natural del ser humano de sentirse seguro ejerciendo el control y de ganar terreno gracias a la debilidad del prójimo, es un ácido que corroe el espíritu de cientos de personas, en su mayoría mujeres.

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Las conductas que emergen cuando se persigue el dominio sin equilibrio, son abusivas e irrespetuosas. Las agresiones pueden ser físicas (empujones, pellizcos, tiradas de cabello, golpes, estrangulamiento, entre otras acciones) que por obvias no pasan inadvertidas y son fáciles de demostrar. Pero, también hay maltratos emocionales y sexuales, que lamentablemente son admitidos como tal después que han mermado sustancialmente la calidad de vida del afectado o afectada, e incluso, hasta le han enfermado.

Los abusos emocionales pueden ser muchos: maltratos verbales, insultos, indiferencia o cariño a cuenta gotas, humillación ante las debilidades del otro, descalificación permanente, amenazas físicas, chantaje, coartar la libertad prohibiendo salidas y contactos con otros, incluso miembros de la familia… Todo esto sin importar si se está en público o en privado.

Los abusos sexuales implican los manoseos y besos indeseados, relaciones sexuales obligadas, privación del uso de medios para el control de la natalidad, juegos sexuales por la fuerza, es decir, todo lo que se haga sin el consentimiento de uno de los miembros de la pareja. Y estos son tolerados por sentir la obligación de corresponder a un “compromiso” o por sumisión económica.

agredidosNormalmente las víctimas justifican este tipo de conducta gracias a su baja autoestima e inseguridad, pues se sienten culpables o responsables de las vejaciones recibidas, simplemente las justifican.

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Nadie pertenece a otro y nadie tiene el derecho de hacerte daño por causa de tus opiniones, forma de vestir, acciones o defectos. Avisa a tus familiares y amigos cuando te sientas atemorizado o necesites ayuda. Si sabes de alguien que se encuentra en medio de una relación abusiva, tú le puedes ayudar abriéndole los ojos. Edúcate a ti mismo sobre la violencia en tus relaciones, evalúate permanentemente. Ten siempre presente, que la violencia, el abuso verbal y físico en general no debería ocurrirle a nadie, nunca.

Este texto es un extracto de la columna original publicada en Caraota Digital.

María Laura Garcia

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