Esta semana me dio una gripe y malestar de esos que normalmente dan, que escuchas en la calle están dando, en ese preciso momento mi cerebro asocia que lo que puede curarme es una sopa de pollo de esas que hacia mi madre y mágicamente curaban cualquier mal, que en la noche recién servida, caliente, con pollo picado, papa, zanahoria, todo en cuadritos, cilantro, recién cortado al momento de servirla, aseguran un plato que eleva el espíritu, repara el alma y cura el cuerpo.

Sentir el vapor del plato caliente, con el gesto amoroso de quien te prepara esa sopa y la promesa tácita de sentirte mejor, mágicamente logran su cometido, en mi caso le complementan unos fideos, unas salchichas y dos posturas de gallina, que hacen de esta preparación un plato perfecto; siempre he pensado y lo he dicho, que si todo el mundo tomara sopa este sería un mejor sitio para vivir, más armónico, lleno de amor y ternura, con entrega por el prójimo, con bases en la familia, que al comer unida permanece unida.

Es un plato reparador que alivia cualquier mal y si no fuera comprobado científicamente esto, por lo menos logra el cometido de predisponernos a una cura desde el corazón, se vuelve perfecta dupla de una limonada caliente, que promete cambiar nuestro rostro, admito que es un efecto placebo que ha funcionado en los anales de la historia, en Italia se puede presentar esta cura con el nombre de minestrón, en Hungría gulasch, en Colombia ajiaco o un caldito de papas, que repotencian el alma.

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sopa de pollo

Sopa de pollo. Foto referencial

Admito que uno de mis placeres cuando viajo es tomar sopas de los diferentes sitios donde he tenido la oportunidad de estar y es tal el gusto por estas preparaciones que en mi último viaje a Bogotá me tomé 19 platos de ajiaco en 15 días, quería probarlos todos y de todos los estilos.

Un hervido de res un domingo después de una salida de sábado por la noche, es el plato más agradecido que he podido conocer, un chupe de pollo preparado en casa, acompañado de amistades es perfecto y si es de camarones  es de lujoooo, una sopa de mariscos bien preparada es alucinante, una fosforera es promesa de levantar al más alicaído, si nos fuéramos por la línea fitness, un consomé es compañía fiel de un régimen alimenticio sano, una crema es señal de abuela en las cercanías.

Tal es la importancia de las sopas que auguran la perfecta armonía de cualquier preparación, siendo base  de su sabor, en esta presentación le llamamos fondo y es el perfecto cubito casero y sin químicos que promete realzar sus sabores, lo podemos preparar de vegetales, pollo, carne, mariscos o pescados y lo podemos tener reservado en nuestro congelador listo para ser aliado de nuestra comida, todo forma parte de nuestro fondo, son tan fáciles de hacer, que en la cocina decimos que nada se bota, solo un mal cocinero, por eso todo termina en un buen fondo.

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minestrone

Minestrone. Foto referencial

Por eso no me equivoco al decir que una sopa es perfecta excusa para reparar cualquier estómago maltratado y así crear una sonrisa en todo ser, así también digo que en la viña del señor tenemos de todo y existen las Mafaldas, que no comen sopas, creo que este pequeño porcentaje de la población no contaron o disfrutaron con una presentación idónea o en algunos casos traumados con la ingesta obligada por parte de una madre, tía o abuela, que queriendo nuestro bien por el ajetreo del día a día no contaban con el tiempo y la paciencia para que las lográramos disfrutar y así que les llevara a un mundo de sabores presentados en sopas.

Cierro esta columna agradeciéndole a Dios por haber disfrutado de las mejores sopas del mundo de la mano de mis padres, ambos excelentes cocineros, cada uno con el mejor minestrón del planeta.

Alexander López chef Ligerito