Que los cuatro elementos confabulen con la luna llena, sentado ante una fogata, con el toque de tambores tradicionales y chamánicos, mantras que armonizaban con el canto de los grillos y las ranas, se puede convertir en una fábula relatada por un encantador.

Añadiendo que esos cuatro elementos se integraron en una fusión que exaltaba el corazón en cada respiración de los presentes, fluyeron como el vaivén de las olas, donde el agua bañó los cuerpos y logró que el alma flotara, pisando firme el suelo, enlazados en un abrazo cómplice, observado por espectadores a ciegas, que hicieron que los personajes de esta historia se elevaran en un silencio que delataba más energía que un poema gritado del corazón, en la quietud de la noche, la madera encendida dio paso al fuego que envolvió aquella reunión improvisada en cantos, tambores, donde al observar detenidamente en las llamas de aquella fogata, podías ver a Shiva y Shakti fundirse en un baile armónico, que a lo lejos denotaba un juego de no tocarse cuando esos cuerpos se estaban fundiendo desde la primera mirada, toda bajo la complicidad de una luna llena, que con la energía que solo ella puede transmitir sellaba un pacto tácito, con las estrellas de testigo ante tanta inmensidad.

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Tanto derroche tenía como antesala la fusión de tres cuerpos, que llegaron a tener tal grado de sincronización que la energía que emanaban se alineo en una sola corriente, transformando un acto carnal en un acto sublime de entrega total, donde los cuerpos se relegaron a un segundo plano, que fluía entre las almas que se elevaron al encontrarse y las manos en un ritmo tan perfecto, que la más bella de las sinfonías de la música clásica se sonrojaría ante la armonía que nacía en un silencio tan estremecedor, tanto que la respiración de los protagonistas de esta historia solo se leía como la de uno solo, poner otra palabra es restarle fuerza a este regalo del universo.

Un baile que fue en perfecta armonía con la noche, donde se entrelazaban personajes que surgían de la imaginación de los presentes, míticamente se mezclaban al ritmo de la música, en ese vaivén dos almas se desprendían de la multitud, a escasos centímetros de los cuerpos pero años luz de la energía que se creó al encontrarse sus miradas, sus ojos le seguían por el salón sin perder detalle y él al encontrar su sonrisa como bienvenida, sentía un corazón rebosado de amor que pocas veces se había permitido sentir, luego en un acto sublime se oyó el canto angelical que invadió de una forma sutil el ambiente, tanto que nadie se percató de su llegada hasta que las notas que salían de ese ser se apoderaron de la atención de los presentes y él mágicamente se perdía entre cada melodía, entre su sonrisa, sus ojos y su voz, sintió que era un salto cuántico, que alguna vez creyó leer, pero jamás ver.

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Estando a pasos uno del otro, sus miradas se iban encontrando con la certeza de que se conocían de toda la vida y solo se encontraron para confirmar que lo carnal era un plano superado hace mucho tiempo en sus vivencias y sabían que se iba a cristalizar en un roce, que comenzó por el breve esbozo de una sonrisa que llenó el salón de alegría, él en su observar se dejó llevar por sus sentidos y todos se conectaron con ella, sin tener idea de lo que se estaba gestando entre dos almas que se habían entregado sin preguntas, sin promesas, pero sumamente genuino y puro, tanto que seres en una vida de convivencia jamás han vivido. En una respiración cónsona, en un dormir que se fusionaba en un solo movimiento, pidiendo permiso como todo un caballero, para acompañarle en un viaje al cosmos sin boleto de regreso, del cual jamás volverían a ver el sentir, de la misma forma y con un celo inquebrantable guardarían esa energía en sus corazones sin permitirle a la realidad que les tocara.

Al caminar descalzo, sabía que la tierra le prometía un encuentro donde no volvería a vivir en la carrera de un mundo occidentalizado, sencillamente se abrió un proceso que le ofrecía degustar la vida por siempre, en ese momento la vio sentada con el cabello suelto, la sonrisa a flor de piel y ella le susurró al oído: “La firmaste después de escribir toda una historia en ella”.

Gracias Dios.

Alexander López chef Ligerito

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