“Es necesario haber amado, después perder el amor y luego volver a amar todavía”. Vincent Van Gogh.

Una emoción es un estado afectivo que experimentamos. De alguna manera es una reacción subjetiva al ambiente que, además, viene acompañada de cambios orgánicos  de origen innato.

Sentir emociones es normal, y son positivas cuando nos permiten adaptarnos, resolver problemas y cuando son controlables. Aunque pueden ser incómodas, no implican situaciones graves. Las emociones nos permiten estar alerta  y centrarnos en la situación que estamos enfrentando.

Las emociones pueden ser perjudiciales cuando son excesivas e inapropiadas. Cuando esto sucede, no sirven para adaptarse, dificultan nuestro rendimiento y complican la solución de los problemas.

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Veamos un poco más de cerca las emociones que culturalmente más conocemos.

El miedo: Es como una alarma interna que se activa cuando se interpreta que hay alguna amenaza que supera las propias herramientas que tenemos para solucionarla.

La alegría: Produce una expansión en todo el organismo y ayuda a reducir el estrés, las preocupaciones y otros malestares.

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La tristeza: Aísla a la persona en sí misma, permitiéndole reflexionar y digerir las situaciones dolorosas que ha vivido. Viéndola de esta manera, puede ser muy positiva.

Rabia: Nos indica que  existe una frustración. Sin embargo, cuando se expresa de manera positiva nos permite afianzarnos.

Descontento: Sale a flote cuando estamos haciendo algo que no nos gusta o estamos cerca de alguien que no nos agrada del todo.

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Como puedes ver, cada emoción tiene un propósito que nos motiva. El miedo, por ejemplo, nos motiva a actuar y a evitar consecuencias negativas. La ira por su lado nos ayuda a luchar contra los errores, las injusticias, e incluso puede ayudarnos a establecer límites.

Si nos fijamos bien, la tristeza nos motiva a pedir ayuda a otros y nos lleva a la reflexión profunda, y la alegría nos invita a expandirla cada vez que algo nos hace feliz.

Así, todas las emociones nos ayudan a mantener el equilibrio en nuestra vida, y es ahí donde reside la importancia de cada una. Cuando aprendemos a conocerlas y a usarlas, mejoramos nuestra manera de comunicarnos; nos volvemos más empáticos y asertivos; aprendemos el autocontrol; nuestra convivencia con los demás se vuelve más óptima, y mejoramos nuestras habilidades sociales.

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