Una de las primeras cosas que aprendí en la escuela de sociología fue que la sociedad es un grupo de personas con intereses comunes que se relacionan entre sí. El hombre como protagonista de lo socialmente establecido, como la razón de ser de la historia, como la materia prima del universo. Me da la impresión de que a veces de manera inconsciente invertimos mayores recursos en tiempo y dinero a los procesos que configuran lo humano, que a lo humano mismo.

Es por eso que se hace cada vez más común presenciar cómo un empresario tira la casa por la ventana cuando se trata de comprar maquinarias, sistemas operativos e insumos para su compañía y a su vez se aleja de una manera preocupante de la inversión en la capacitación y formación de su personal tanto técnica como emocionalmente.

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Es contradictorio. Por un lado deseamos mejorar las utilidades de nuestras empresas y vidas, pero por otro le damos la espalda a la inversión en el talento humano, que es el eje sobre el cual se construye el éxito. ¿Conoces alguna empresa que logre funcionar a control remoto, con la presencia de robots y la ausencia de hombres y mujeres? No existen. Lo que sí existen son empresas conformadas por seres humanos en quienes recae la responsabilidad, a través de sus recursos y creatividad, de salir adelante y así darles a sus compañías un repunte tanto financiero, como social.

En definitiva, el talento es lo que nos identifica como seres humanos, es lo que nos alienta a vivir, es lo que en ocasiones nos reconcilia con la vida, nos da propósito, nos fusiona a un estilo de vida superior en donde lo que buscamos es crear, inventar, darle al mundo ideas que nos permitan no solo agruparnos como sociedad sino también reconciliarnos con nosotros mismos.

El talento que todos y cada uno de nosotros poseemos es la llave que abre nuestra puerta al progreso, es nuestro boleto al desarrollo, no existe mejor opción para cualquier ser humano que tener claridad con respecto a cómo ganarse la vida mediante sus mejores habilidades.

Nuestras carencias materiales, existenciales tal vez, podrían tener su origen en el desconocimiento de lo que somos capaces de hacer, en nuestra desconexión con aquello que nos caracteriza y nos distingue como humanos. De ahí la importancia de darnos a la tarea de indagarnos, conocernos, tener conciencia, identificación, conexión y aplicación de nuestro talento.

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Por ejemplo: imaginemos que siempre has sido habilidoso al momento de enfrentar la tecnología, es decir, manejar un celular, una computadora, una tablet y cualquier otro dispositivo moderno; que adicionalmente amas utilizarlos, el tiempo se te pasa volando. Es muy probable que esa sea una de tus habilidades, considerando tus niveles de creación y pasión en el tiempo invertido. Ante una situación de tales características cabría la pregunta: ¿qué hacer? Yo diría que estructurar esa pasión y meditar cómo lograr convertir esa actividad en una forma de ganarse la vida. Fue así como lo hicieron hombres como Bill Gate, Steve Jobs, entre otros.

Así pues, una vez que eso está definido, toma en cuenta que el talento nunca es suficiente, es decir, debe ir acompañado por la necesidad de siempre superarse, de nunca creer que ya te las sabes todas. Todo lo contrario, estar atento a cualquier sugerencia que enriquezca tu trabajo.

Sucede que la mayoría de las personas se dedican a actividades que aunque pueden llevar a cabo, no son precisamente con las que se sienten más ingeniosos y felices, pero dada la necesidad de obtener un salario o el miedo a no poder vivir de eso que aman, terminan invirtiendo su tiempo en actividades que abastecen sus vidas de seguridad, pero no de satisfacción y realización.

Entiendo que no es sencilla esa transición, es un duro camino, sin embargo, es la ruta más segura, no por la ausencia de dificultades sino por la certeza de oportunidades.

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He tenido la oportunidad de validar estos conceptos capacitando empresas y asesorando desde deportistas profesionales hasta gerentes de compañías en distintos estados de Venezuela y al final concluyo que las personas más exitosas que conozco son aquellas que logran engranar su talento, pensamientos y acciones, es decir, su imaginación y certeza de lo que anhelan de la vida a sus conductas y acciones. Cuando así lo hacemos puede que nos ocurra lo mismo que al rey Pigmalión quien se enamoró de una estatua de mujer que él mismo había moldeado de una manera tan profunda, que la diosa Afrodita decidió darle vida para que Pigmalión pudiera casarse con ella. Al final, esta historia nos enseña cómo los resultados que obtenemos están determinados por nuestras propias expectativas.

¡Vive por tus talentos, que ellos de seguro te honrarán a ti!

@josejacintomr

José Jacinto Muñoz

 

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