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¿Quién sale ganando con la rabia desbordada? ¿A quién le gusta recibir gritos o agresiones? ¿A quién le gusta experimentar un enfado que le arropa?

Todas las emociones cumplen una función y no deben reprimirse, más sí dosificarse. El hecho que experimentemos enojo no es un problema, la intensidad y la forma en la cual lo ponemos de manifiesto, sí.

Nos equivocamos si pensamos que debemos suprimir la ira completamente o disimularla, porque una ira no “trabajada” crecerá furtiva en nuestro interior, esperando cualquier oportunidad de debilidad mental para salir desbocada, y por lo general esto es peor, porque, seguramente para ese entonces, nuestro estado emocional alterado no responderá a un estímulo concreto, y la molestia será vista como injustificada.

Por lo tanto, lo ideal es manifestar la incomodidad y dosificarla, más nunca ocultarla. ¿Por qué? Porque además, desde el punto de vista orgánico, una ira mal gestionada tiene efectos terribles en el funcionamiento de nuestro cuerpo y mente, pero también afecta la salud de quien la recibe.

Nos equivocamos si pensamos que debemos suprimir la ira completamente o disimularla, porque una ira no “trabajada” crecerá furtiva en nuestro interior.

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La ira puede producir hipertensión o causar desde dolores de cabeza hasta un derrame cerebral e infartos. El sistema digestivo también es susceptible de trastocarse, pudiéndose experimentar dificultades para tragar, náuseas, vómitos, úlceras gástricas, estreñimiento o diarrea. Los cuadros de asma suelen exacerbarse.

La ira reprimida es una de las principales causas del glaucoma. Algunos estudios han demostrado que muchas personas que tienen dolores crónicos manifiestan también altos niveles de ira; así como los que duermen poco son personas iracundas. Por último, aun cuando la causa de la enfermedad que padece un individuo sea orgánica, la ira, el resentimiento y la falta de perdón pueden agravarla. Inclusive, las personas iracundas sufren más accidentes y, como es lógico, la ira también causa problemas emocionales y en nuestras relaciones con los demás.

La ira puede producir hipertensión o causar desde dolores de cabeza hasta un derrame cerebral e infartos.

¿Estás preparado para controlar tu carácter?

Entonces debes, entre otras cosas, pensar antes de hablar, tomarte unos momentos para ordenar sus pensamientos antes de decir nada, y permitir que los demás hagan lo mismo. Una vez calmados, expresa tu enfado y frustración sin confrontaciones. La clave está en no herir ni intentar controlar.

Controlar la ira

Algo que a mí me ayuda para bajar la “furia” es alejarme y hacer ejercicios. Además la actividad física disminuye el estrés que nos conduce a explotar en determinados momentos. También funciona quedarse solo o aislarse temporalmente. Tomar descansos cortos en aquellos momentos en los cuales sientan que la presión puede superarles.

Algo vital es no enfocarse en lo que les irrita, sino en resolver el problema. Recuerden que el enfado no arreglará nada y podría empeorar la situación. No es realista esperar que todo el mundo siempre reaccione exactamente como nosotros queremos.

Algo que a mí me ayuda para bajar la “furia” es alejarme y hacer ejercicios.

Dicen que es de personas inteligentes y elevadas usar el humor para liberar la tensión, esto quiere decir, restarle un poco de seriedad al asunto estresante para disipar la tensión, eso sí, evitando la ironía, el sarcasmo o la burla que sin duda empeorarían cualquier situación incómoda.

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Otra práctica que a mí me funciona, casi siempre, es respirar profundamente o repetir en mi cabeza una frase tranquilizante. A otros les resulta escuchar música, escribir sus sentimientos, el yoga o cualquier otra rutina que fomente la relajación.

Para finalizar, les cuento que si, después de activar estas recomendaciones, aún les cuesta controlar la rabia y esta les envuelve haciéndoles insoportable su convivencia con el entorno, pues deben buscar ayuda de un especialista.

Esta columna fue publicada originalmente en Caraota Digital 

María Laura Garcia

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