Cristóbal Colón no clasifica como emigrante, menos como exiliado, pero tampoco es que pasaba mucho tiempo en su casa.

¿Cómo viviría su familia esas ausencias? ¿la mamá? ¿la esposa? ¿los hijos?

Los venezolanos fuimos testigos del exilio de europeos por la segunda guerra mundial, la guerra civil española y más recientemente por las dictaduras latinoamericanas en los años 70 y 80.

Tocó. Ahora nos tocó a nosotros. La diáspora es venezolana.

No es una frase de resignación, es aceptación. Toco… y ahora, ¿qué hacer?

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Duro para el que se va. Duro para quien se queda.

La dinámica y composición de la familia es diferente. Se desintegró. El papá o los padres ausentes, el hijo que se marchó, los nietos nacidos afuera. Ya los domingos familiares no cuentan con “todos “, ya no hay “vamos a decidir en casa de quién será el 24 y el 31.

Cada quien lo vive y elabora a su manera.

Los factores en común: tristeza, nostalgia, culpa, sensación de pérdida de identidad, etc.

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Como en casi todas las circunstancias de la vida es importante estar consciente de lo que sentimos. Aceptarlo. Compartirlo. No usar máscaras, ni jugar a “fuertes” con la ilusión de no agobiar al otro. Es mejor expresarlo; a la larga ayuda al grupo familiar. Encontrarán formas para sentirse mejor.

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A diferencia de los tiempos de Colón, ahora existe la inmediatez de la comunicación, es posible prácticamente acompañar al otro en su travesía y en su cotidianidad.

Es importante planificar conversaciones preferiblemente por video llamada para no sólo oírse sino verse. Ojo: por estar pendiente del que se fue, no descuide al que tiene al lado.

Planificar encuentros en los casos posibles.

Mantener la ansiedad y el estrés bajo control con las actividades recomendadas para cualquier otra situación: ejercicios, respiración, yoga, humor, etc.

Y aceptar. Agradecer.

Convertirse en multiplicadores de la esperanza y la fe, es una extraordinaria arma para ganar esta  batalla.

Doris-González

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