Desnutrición
Foto referencial

Por Grisel García 

Cuando sentimos que nuestro rostro padece de imperfecciones optamos por utilizar maquillaje para cubrir lo que nos desagrada, pero la deficiencia en la ingesta de calorías y proteínas no puede taparse con decoraciones en la piel. Cada vez que Carola González se asoma a un espejo, con ayuda de su madre, se deprime. Su silueta deja en evidencia cómo padece desnutrición severa, al igual que varios vecinos en la Guajira venezolana.

A sus 13 años de edad, movilizarse por sus propios medios resulta una odisea. Al momento de dar un paso, en ocasiones, sus extremidades inferiores tiemblan y no por sufrir el trastorno de piernas inquietas. La acción involuntaria se debe a la desnutrición que progresa con prisa debido a que sus padres carecen de recursos para alimentarla.

El nutricionista Armando Rangel, radicado en Cali, Colombia, subrayó que la desnutrición es una patología que empeorara si los afectados incumplen con el régimen alimentario de acuerdo a su peso, edad y estatura.

En la Guajira venezolana existen innumerables casos de desnutrición Foto: Cortesía

Dura realidad por desnutrición

A mediados del 2015, la pequeña dejó de caminar y sus hermanos menores comenzaron a asistirla en su jornada diaria, excepto en las noches cuando Dianela llega a su hogar con su esposo Jesús de vender artesanías y dulces en el centro de la ciudad de Maracaibo, estado Zulia; porque en tal sitio logran obtener más ganancias que en la Guajira, de cara a la desnutrición. Así lo dio a conocer Marina Montiel, madrina de la joven.

Mientras asienta con la cabeza, Caro reconoce: “Mi mami Dianela es quien apoya a la hora de trasladarme de un lado a otro, ir al baño, o salir de casa, cuando está, aparte de apoyar a mis hermanos porque no quiere que intenten sobrellevar a desnutrición como yo (…). Muchos le han dicho que no me deje sola ni un momento porque me la mantengo muy débil por tal desnutrición, y la verdad es que ella no me puede atender como quisiera porque tiene que trabajar, para echarle una mano a papá, para darles de comer a mis cinco hermanos. Lo poco que ganan es para ellos. Soy la mayor y tengo que ayudar de una u otra forma; mil veces prefiero tener este mal de la desnutrición que lo tengan ellos (…)”.

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“Sé que mi hija atraviesa un problema fuerte de desnutrición y me duele mucho porque no tengo dinero para sacarla adelante, para cumplir con las indicaciones de alimentación correspondiente, y mucho menos para estar al tanto de ella siempre. No me doy abasto y lloro todas las noches, como lo hace Caro. Escucho día tras día sus gemidos”, narra Dianela Paz, de la etnia Wayuu.

Acto de amor

Foto: referencial

El hábito de nutrirse quedó en segundo plano. Carola María dice que consumir desayuno, almuerzo, cena, e ingerir las correspondientes meriendas en la mañana, tarde, y noche no es primordial para sí misma. Ha adquirido la desnutrición como otro conflicto automático. A la par, alega que su gusto por la gastronomía desapareció. También, afirma que su apetito salió de la morada y no pretende regresar hasta que la economía sea generosa con su familia, pese a la testaruda desnutrición que acaricia con maldad su cotidianidad. Conforme a su percepción, es un sacrificio de hermandad. Su motor de lucha es el amor.

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“Ella siempre dice que comamos nosotros, que nada le gusta (…).Vive diciendo que está muy delgada porque sus amigos de la escuela se burlan de ella si comienza a engordar. Lo que no sabe es que yo sé que sí le da hambre, así como a papá y mamá, y no come por dejarnos todo a nosotros. Sus compañeros hasta me han preguntado por qué va a la escuela en sillas de ruedas (…). Creo que todos se han dado cuenta que sufre por desnutrición, como dice mamá Nela”, manifiesta Daniel, hermanito de 9 años que convive en su habitación junto al resto de los retoños.

José Luis, su progenitor, explica: “Decidimos desde el 2016 que acudiera a su plantel de estudio en sillas de ruedas, sería más fácil para ir y volver a nuestro ‘ranchito’. Nadie puede buscarla, entonces, debe andar con sus hermanos y es la única manera que no se caiga en plena clase o vía a la casita. No pueden echar a un lado su vida normal por su condición de desnutrición”.

El experto Rangel, por su parte, apuntó que para evitar la desnutrición se debe visitar al médico una vez al mes y realizarse exámenes de laboratorio, con el objetivo de descartar cualquier situación irregular.

La vida en la escuela

Carola atraviesa señalamientos de parte de sus compañeros de secundaria por sufrir desnutrición Foto: Cortesía

Desde las 5 de la mañana está activa. Abre sus ojos con letargo, estira sus miembros superiores, masajea una y otra vez su estómago, bosteza, y arranca la hazaña diaria: levantarse de la hamaca donde duerme. La cama con “pequeñas puas” es para sus hermanos, que reprimen sentimientos en el tiempo de cooperación, pese que a veces la usa, cuando aparece el dolor fuerte que subyace en su columna.

La segunda aventura alude al hacer sus necesidades fisiológicas antes de tomar el camino a la casa de estudios. Reencontrarse con su materia física desnuda “traumatiza” su existencia, a sabiendas que la desnutrición es el desenlace del hambre.

“(…) es tan horrible tocarte cuando sabes que no es agradable. Verte parecer una bisagra, verte pálido, ver cómo te tienen lástima, y aguantar las caras feas, los malos tratos y los apodos como “el esqueleto (…) Confieso que cuando estoy bañándome me tardo para que no me obliguen a ir, pero siempre me apuran porque “tengo que seguir estudiando si quiero ser alguien en la vida”.

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Después de pisar el aula de clases, las nubes empiezan a tonarse gris para su autoestima, prosiguen episodios macabros. “Y viene, y viene el viento y se la llevó”; “Échate pa’ allá que si te toco te rompes en partes”; “¿Dónde estás que no te veo? Ah, ¡es que te pareces a la escoba y esa no está aquí!”, algunas de frases que han tomado como consigna para ofrecer la bienvenida fija a Carola, la muchacha que a pesar de encarar una enfermedad devastadora como la desnutrición estudia con constancia y disciplina para ser la “alumna de los 20 puntos”, como la denomina Luisa Bracho, su profesora de primer año de secundaria.

¿Hasta cuándo desnutrición?, Paz exterioriza: “Sería destrozador que mi hija usara cosméticos por primera vez en la tumba (…). Estamos cansados de pedir ayuda y nadie nos auxilia. Basta de tantos casos de desnutrición en la Guajira. Nosotros también somos venezolanos, merecemos oportunidades, merecemos apoyo de todas las entidades. Queremos que el estado de salud de nuestra hija mejore, y no que se tenga que sacrificar, como nosotros, para encaminar el crecimiento de nuestros otros niños». El hambre no puede maquillarse. La desnutrición acaba con la juventud de relevo y el pueblo grita auxilio.

Agradecemos a la familia González Paz por exponer el caso de su hija, y especialmente a Carola por permitirnos adentrarnos en su vida ante la grave desnutrición que le aqueja. Igualmente, extendemos las gracias al nutricionista Armando Rangel, quien puede ser contactado a través del siguiente correo electrónico: [email protected]

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