La victoria tiene un centenar de padres, pero la derrota es huérfana”.

John Kennedy.

Una de las cosas más difíciles de manejar en el deporte y en la vida es la derrota, quizás porque una de las primeras emociones que debemos enfrentar es el miedo al abandono. Vivimos en una sociedad en donde somos aceptados por lo que somos capaces de lograr, no por lo que somos. Pertenecemos a una sociedad que premia al ganador, pero minimiza al perdedor; tenemos la sensación de que, si no ganamos, entonces no merecemos pertenecer.

En definitiva, es la cultura del merecimiento, no de la incondicionalidad la que domina la mayoría de los espacios en donde nos desarrollamos como individuos.

La derrota trae desesperanza, desilusión, tiene la magia de borrar en segundos todo aquello que por durante años has podido construir, tiene el poder de afectar tu mirada y convertirse en una especie de lupa que, con destreza, maximiza la circunstancia al punto de segar tu objetividad y así atentar contra tus sueños. Todo esto puede pasar en segundos como consecuencia de un hecho específico en lo personal, familiar, laboral y ciudadano.

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La gran pregunta es: ¿Cómo la manejo? ¿Cómo logro ponerlo en contexto? ¿Cómo paso la página?

Lo primero, desde mi óptica, es saber digerir la derrota; es entenderla, no cuestionarla; es saber que forma parte de las probabilidades de la vida, no el fin de esta.

Segundo, la derrota es algo circunstancial, no algo permanente, ya que a la vuelta de la esquina tendrás una nueva oportunidad para resarcirte; de ahí la importancia de no dejarnos paralizar por la desesperanza tóxica que la derrota muy hábilmente nos insufla.

Tercero, la derrota nos debe llevar a la reflexión con el fin de hacer ajustes y cambios que nos conduzcan a mejores resultados.

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Cuarto, la derrota nos desafía a sacar lo mejor que tenemos para volver a intentarlo, porque la capacidad de recuperación es una virtud que no solo fortalece nuestra confianza y autoestima sino que engrandece nuestra actitud.

Quinto, la derrota nos recuerda que somos vulnerables y que hagamos lo que hagamos no todas se pueden ganar.

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Recuerda: “Puede que no sea tu culpa la razón por la cual estás en el suelo, pero es tu culpa por no levantarte”.

El peligro es aceptar la derrota con pasividad y desilusión, lo perturbador es renunciar como consecuencia de una derrota, lo devastador es bajar los brazos y entrar en negación.

En mi vida personal, para que la derrota no me deprima me recuerdo que, para poder, triunfar debo estar dispuesto a fracasar y que la derrota es un hecho tan legítimo y perteneciente a la realidad como la victoria.

En definitiva, acepta la derrota no desde una perspectiva conformista, acéptala desde la perspectiva del aprendizaje, desde la óptica racional que nos plantea su existencia como una probabilidad de la dinámica humana. Que sea la derrota la que te inspire a seguir luchando, que te desafíe a seguir intentándolo teniendo siempre presente que por aceptación (no quiero decir resignación y apatía, quiero decir entendimiento) el fracaso es un paso necesario hacia el éxito.

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La derrota no significa de que eres un fracasado, solo significa que aun no lo has logrado. No te des por vencido, simplemente trata con más ahínco.

Me despido con una célebre frase del misionero E. Stanley Jones: “Cuando la vida te dé una patada, ¡que esa patada te lance hacia adelante!”.

José Jacinto Muñoz

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