El día que nació mi bebé pensé que todo estaba escrito a la hora de alimentarlo, que sería innato, instintivo. Pensé que parir era la parte difícil. Lo difícil apenas comenzaba, pero tuve la fortuna de contar con una enfermera especializada en lactancia que me ayudó a superar en pocas horas lo que se me estaba convirtiendo en un profundo dolor.

Las primeras veces que amamanté a Lucas poco tiempo después de nacido, mis pechos sangraron, se rompieron y yo sentía que mi bebé quedaba con hambre. Cuando mi ángel –porque así la apodé– entró a mi habitación a preguntarme cómo me estaba yendo con la alimentación, le respondí con la mayor sinceridad posible: ¡horrible! Y arranqué en llanto.

Me pidió que le mostrara cómo le estaba dando pecho a mi bebé. Lo estaba haciendo mal. Resulta que a nuestros chiquitos hay que enseñarles cómo succionar, hay que ayudarles, incluso despertarles porque se quedan dormidos en nuestro regazo. Yo pensaba que ellos nacían aprendidos en ese tema. La ayuda de mi esposo fue fundamental.

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Allí surgió lo que él y yo apodamos “boquita de pescadito”, esa es la manera correcta de colocarle la boca del bebé y empujar su cabecita hacia nuestro pecho –mi esposo hacía esta parte– para que toda la mama quede en su boquita y pueda succionar hasta la última gota de leche.

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¿Por qué desteté a mi bebé?

Fueron dos días de sufrimiento, luego mis pechos sanaron con la misma leche y nunca más tuve dolor, ni ardor, todo era maravilloso. En dos semanas me quité 12 kilos –amamantar es la mejor dieta del mundo–. La conexión con mi bebé cada vez se hacía más fuerte.

Cada vez disfrutaba más amamantarlo, tenerlo pegadito en mi regazo, poder acariciar su cabecita y sentir su manito en mi pecho fue despertando en mí cada vez más y más amor. Hice mi propio banco de leche materna. Cada vez que abría el refrigerador para almacenar una nueva bolsita era una victoria.

Hasta que arribamos al quinto mes. Me vi seca, ojerosa, desgastada, trasnochada y entendí que me tenía acabada la lactancia porque mi bebé siempre ha sido muy demandante, no solo de tiempo sino de comida. Decidí iniciar el destete. Fueron dos semanas de adaptación. A los cinco meses y medio dejé de dar pecho a Lucas y mi reserva de leche me alcanzó hasta los seis y medio.

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Antes de estos meses me alcancé a ayudar con la tan “ahora satanizada” fórmula porque había noches en las que no me sentía con energías para amamantar. No me siento menos mamá por esta decisión y aplaudo a aquellas mamás que siguen dando pecho por más tiempo, pero yo necesitaba dormir y recuperar fuerzas. Siento que mi bebé recibió todos los nutrientes que le pude dar en ese tiempo y es –siempre ha sido–, un niño perfectamente sano.

“Una mamá feliz cría a un bebé feliz”

La Organización Mundial de la Salud promueve la lactancia materna exclusiva y, como muchos temas, creo que a veces esto se toma por moda y como motivo para juzgar. Mamá, si te sientes a gusto con la LME excelente, pero si no es así y necesitas ayudarte con fórmula, no es un pecado.

Es una realidad que todas las mujeres producimos leche y todas estamos en la capacidad de amamantar, salvo que exista alguna condición médica que lo impida. La práctica y el famoso “pégate al bebé a la teta” son fundamentales para estimular la producción de leche.

Lactancia Materna

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Pero, como siempre digo, en la maternidad nada está escrito, todo es ensayo y depende de lo que les funcione mejor a la mamá y al bebé para que ambos estén sanos y felices. Una mamá feliz cría a un bebé feliz.

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