Esas imágenes de mujeres gritando, sangrando, al borde de la muerte de verdad generan mucha ansiedad y temor frente al momento de parir. Tal vez por eso muchas mamás optan en primera instancia por la cesárea: por miedo al dolor o la muerte –por supuesto, cada decisión es respetable y no me refiero a quienes definitivamente necesitan este procedimiento quirúrgico–.

Yo no era muy fanática del parto natural, sin embargo, al saber que estaba embarazada comencé a documentarme, leer muchísimo sobre el tema, preguntarle a mi ginecóloga y cada vez la idea de parir iba tomando más fuerza.

Desde mucho antes de comenzar con los ejercicios profilácticos y la preparación para la llegada de mi bebé comencé con un trabajo mental de visualizar mi parto de una manera feliz y perfecta.

Foto Cortesía

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 La mente es poder

Lucas Alejandro llegaría en un barquito donde cada contracción sería una ola que iba y venía impulsando a mi bebé hasta llegar a la orilla y tocar tierra firme. Desde que estaba en el vientre le hablaba a mi niño y le decía: “hijo, vas a llegar feliz y tranquilo a este mundo donde te vamos a recibir con mucho amor”. Le relataba cómo sería ese viaje desde mi útero hasta mis brazos. Yo cerraba los ojos y lo veía perfecto.

A mí no me gusta el sufrimiento, por eso cuando llegué a la clínica estaba en dilatación cinco. En una hora pasé a seis y allí me dijo el anestesiólogo que si quería la epidural era el momento de aplicarla. Así lo hicimos. Las contracciones eran dolorosas aunque aguantables, pero sabía que la cosa empeoraría y no estaba dispuesta a sufrir ni a recordar la llegada de mi bebé de manera traumática.

A partir de ese momento estuve bajo los efectos de la anestesia y pasaron unas cinco horas hasta que dilaté a diez. En ese punto comenzó ese viaje que tanto me imaginé.

parto respetado

Foto Referencial

Mi esposo me agarraba la mano y una pierna para ayudar al equipo médico. Me recordaba cómo respirar, me narraba una y otra vez nuestra historia de cómo nacería Lucas. “Nuestro pollito viene en un barquito, amor, recuerda”, me decía. Él cortó el cordón umbilical.

Escuchamos música durante todo el trabajo de parto. Paseamos por un repertorio de más de 200 canciones, desde Simón Díaz hasta Lionel Richie, pasando por reguetón, bachata, rock. Estábamos tan felices que no había espacio para la angustia, para el dolor ni la desesperación.

Mi mente estaba en control de mi cuerpo. Estábamos tranquilos. Fueron cuarenta minutos pujando aproximadamente, pero no hubo complicaciones, nada que lamentar.

Nació perfecto mi bebé. Llegó en su barquito navegando entre poderosas olas de amor que lo trajeron con bien a tierra firme.

Tener un parto feliz es posible. Debes prepararte física y mentalmente. Cualquier cosa puede suceder al momento del parto, pero estar tranquila, tener el control de tu cuerpo serán fundamentales para tener un final perfecto y soñado.

En este enlace les cuento con mejores detalles cómo me preparé para el gran día.

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