Una de las primeras lecciones que como inmigrante aprendí luego de dejar mi país hace dieciséis años fue que la única constante del vivir es el cambio. Hay circunstancias a diario que provocan situaciones de cambio y que nos harán evolucionar siempre y cuando nosotros lo permitamos. De hecho, el éxito de un extranjero en tierras lejanas radica principalmente en su capacidad de aceptación del cambio, abrazándolo y haciéndolo suyo.

Cuando lo pensamos bien, descubrimos que resistirse al cambio es desgastante y paralizante, nos incapacita para integrarnos a lo nuevo y nos aleja de la posibilidad de disfrutar de las ventajas de la nueva cultura. Es por ello, que una vez aceptado el hecho de que vivimos en tierras desconocidas en las que encontraremos tradiciones, amistades, empleo y dinámicas diversas, el proceso de ajuste emocional fluye de forma natural y efectiva.

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¿Pero cómo asumir ese cambio dentro del proceso migratorio?

Definitivamente la respuesta no es simple y debe ser planteada con delicadeza para evitar generalizaciones y optimismo tontos. Cada persona y cada familia que emigra es diferente y las circunstancias que rodean la decisión de dejar el país de origen son diversas y complejas; lo que funciona para unos quizás no resuelva los problemas de otros.

Ahora bien, existen factores constantes que se presentan en los emigrantes y expatriados venezolanos, y los latinos en general, que nos permiten puntualizar problemas comunes de este grupo de extranjeros y desarrollar pasos específicos para promover y cuidar nuestra salud emocional.

Si bien existen situaciones en las cuales es necesario buscar ayuda profesional que nos ofrezca un tratamiento adecuado a ciertos problemas no resueltos, la mayoría de los casos de profunda melancolía migratoria pueden prevenirse y manejarse si reconocemos honestamente qué es lo que nos preocupa, qué nos hace sentir inadecuados para el cambio y nos amarra a una realidad inexistente.

Durante conversaciones en consulta con madres emigrantes, adolescentes expatriados y un gran número de venezolanos en el extranjero, recibo inquietudes que se pueden resumir de la siguiente forma:

Disposición inexistente para dejar lo conocido atrás

Me encuentro entonces con emigrantes que viven con los pies en el país destino pero tienen la mente y el corazón en la tierra de origen. Ellos no están ni aquí ni allá y se sienten en territorio de nadie.

Culpabilidad

Gran número de las personas que han dejado el país en los últimos dieciocho años poseen empleos estables, vivienda, alimento y vestido, estudios y seguridad social. Sin embargo, se sienten incapaces de saborear las mieles de su trabajo duro y de una decisión valiente porque viven pensando en los que están lejos y no corren la misma suerte.

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Deseo recurrente de comparación y etnocentrismo

De pronto me veo rodeada en conferencias y foros por una población altamente etnocentrista. Creemos que nuestro país es el mejor, que tenemos la montaña más bella, las flores más coloridas, las mujeres más hermosas y la comida más apetitosa. No obstante, la realidad nos ha demostrado que muchos son los que piensan que sus terruños son los mejores, y que la mejor forma de abrirnos a una cultura e idioma diferentes es aceptar que no somos ni mejor ni peor. Somos simplemente distintos.

Soledad y aislamiento

Madres jóvenes, hombres cuyo único norte es el trabajo, chicos encerrados en casa y sin amigos en la escuela porque extrañan profundamente a sus familias extendidas, amigos, colegas y maestros. De pronto nos da hasta por añorar las calles de nuestro pueblo, los carritos callejeros de comida y un lugar de trabajo que ahora en la distancia no se ve tan mal y que nos invita a regresar.

¿Cómo manejar las emociones del proceso migratorio?

Estas emociones propias del proceso migratorio pueden ser gestionadas con la ayuda de un terapeuta o especialista que brinde herramientas adecuadas a nuestra realidad personal, familiar y profesional. ¿Qué opciones tenemos en casa y desde cuándo se debe atender la salud emocional del expatriado?

Mi recomendación es comenzar a cuidar nuestra salud emocional desde el momento en el que se toma la decisión de emigrar. No debemos esperar a llegar al país destino y sentirnos abrumados por lo desconocido para empezar a actuar y proteger la salud mental propia y la de los nuestros.

Cuando revisamos los cuatro puntos anteriores notamos que la base de todas esas dudas y preocupaciones está en el rechazo al cambio. Lastimosamente no vemos con claridad que el vivir en el extranjero es una magnífica oportunidad de crecimiento personal y profesional que nos ayudará a descubrir nuevas habilidades y fortalezas que no conocíamos de nosotros mismos.  De esta forma el primer gran paso de salud emocional que se debe dar como emigrante es ACEPTAR EL CAMBIO.

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Pero también lo siguiente…

  • Enfocarnos en el resultado. Si emigramos con metas claras será mucho más sencillo establecer un plan de acción que nos lleve a alcanzar dichos objetivos. Para eso debemos vivir en el presente, reconocer oportunidades en el país huésped que sirvan para conseguir nuestros propósitos y desintoxicar la mente de tanta información del país de origen. No significa dejar de ver noticieros u olvidarse de que nuestra tierra existe, sino empaparnos de la realidad del nuevo lugar y aceptar que es allí en dónde están nuestras nuevas metas y logros.
  • Pedir ayuda. Dependiendo del problema la ayuda podrá venir de un amigo, colega, paisano, tutor, experto en coaching migratorio, terapeuta o psicólogo. Las opciones son variadas y los medios sociales nos están permitiendo acceder a un mayor número de recursos de forma rápida y económica.
  • Escúchate a ti mismo. Te invito a subirle el volumen a tu voz interna y prestarle atención a las señales que te envía. ¿Qué te molesta? ¿Qué te preocupa? Define y anota lo que te hace sonreír y aquello en lo que debes trabajar para mejorar la ansiedad. No podemos cambiar factores externos pero sí nuestra actitud hacia dichas situaciones.
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  • Confía en tu capacidad de decidir e identifica lo que funciona para ti. Escuchar consejos es bueno pero debemos filtrar información, digerir lo que funciona para nuestro caso personal y seguir adelante. No te dejes abrumar por opiniones que solo te paralizan y no te dejan actuar.

Recordemos que no existe una fórmula mágica para el éxito migratorio pero sí una gran disposición para salir adelante y llevar el nombre de nuestra tierra en alta.

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Ajustemos sentimientos y conocimientos para así entender que no fuimos criados para ser inmigrantes pero que ahora es nuestro trabajo educar a nuestros hijos de forma global y multicultural. Tu éxito y el de los tuyos se encuentra en tus manos. ¡Sí se puede!

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