Cuando nos suceden diversas cosas negativas, nos gusta creer que podemos influir en su curso y darles un vuelco positivo. Sin embargo, lamentablemente no siempre es así, y al sentir que no tenemos el “control”, que de paso jamás lo tenemos y nunca lo asumimos, muchos se desesperan o se colman de desesperanza. Por ello, la gran mayoría tiende a renunciar y conformarse; aun cuando, la verdad, en el fondo de sus corazones, no siempre aceptan su destino, es decir, entrar en un conflicto existencial de no aceptar pero también de no luchar: una paralización o inercia muy destructiva”.

Los especialistas definen dicho estado como de “indefensión aprendida” o “desesperanza aprendida”, una de las peores cosas que nos pueden suceder y de la que nadie está exento. Los conocedores del tema explican que somos incapaces de reaccionar ante situaciones dolorosas porque en cierto momento de nuestras vidas y después de haber intentado innumerables acciones para cambiar el curso de las cosas no obtuvimos los resultados previstos, por tanto nos inhibimos y caemos en un estado de pasividad nefasto. En otros términos, cuando nos creemos desamparados y sentimos que no hay solución, tiramos la toalla, al punto que somos incapaces de observar o notar las oportunidades de cambio que se presentan diariamente.

desesperanza aprendida

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La “desesperanza aprendida” constituye un criminal mecanismo de adaptación psicológico, pues llegados a un punto las fuerzas nos abandonan porque no somos capaces de seguir procesando el dolor y el sufrimiento, de forma que minimizamos el nivel de activación para preservar los pocos recursos que nos quedan. De hecho, dicha incapacidad para reaccionar siempre se deriva de un profundo deterioro psicológico.

La “desesperanza aprendida” afecta nuestra motivación más la capacidad de aprender y conectarnos con el entorno. Nos vulnera emocional y comportamentalmente, lo cual abre el camino para que surjan pensamientos, sentimientos y comportamientos distorsionados que nunca antes habríamos manifestado.

Muchos y como ya lo comenté, pierden toda motivación para seguir luchando, se dan por vencidos y se ríen falsamente ante las circunstancias. En otras palabras, asume el rol y la mentalidad de víctimas, lo cual se manifiesta a través de una profunda apatía.

El afectado no busca o se niega a buscar el aprendizaje que hay en los errores y en las cosas negativas que suceden y da por sentado que no puede hacer nada para mejorar su situación y asume su destino como inmutable. Los errores dejan de ser herramientas para la superación y al contrario se erigen como demostraciones de la fatalidad.

desesperanza aprendida

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La persona sumergida en la “desesperanza aprendida” o “profunda depresión”, manifiesta una visión pesimista del mundo, asumiendo que es incapaz de salir airoso del hecho negativo. Suele sentirse como una triste marioneta del destino. Por tanto, deja de  tomar decisiones importantes ya que asume que no puede transformar el curso de los acontecimientos y se encierra en sí misma, sufriendo pasivamente las circunstancias.

Ahora bien, aunque no siempre sucede lo que deseamos, no debemos dejar de intentar. Debemos insistir, para permitir que Dios haga lo suyo, su misericordia permite que las circunstancias se desarrollen de tal manera, que siempre concluiremos que todo fluyó adecuadamente para colocarnos en el lugar y la hora adecuada. No se trata de conformarse, se trata de hacer, hacer y hacer con FE, pero fluyendo en las “formas” y “matices”, es decir, aceptar para avanzar. Jamás permitamos que la “desesperanza aprendida” nos paralice.

Si le cuesta hacerse de las herramientas emocionales para vestirse de optimismo, de futuro y de cambio, les pido por favor, que busquen ayuda con un especialista, porque esa terrible enfermedad psicológica de la “desesperanza aprendida”, que inhibe la capacidad de ver lo bueno que hay en todo lo que sucede diariamente y en lo que tenemos, le está quitando la vida a mucha gente de diversas maneras. Créanme, si se puede y con apoyo, mucho más posible será.

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María Laura Garcia

 

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