Entre el año 1999 y 2001, trabajé en dos medios de comunicación, cuya hora de entrada me exigía estar a las 5:30 am. Lo que implicaba no solo levantarme a las 4 am, sino que además al combinarlos con las responsabilidades de mi propia compañía más las obligaciones universitarias, hacían de mi vida un caos, en el cual  para lo único que NO había tiempo era para dormir.

 Ustedes no imaginan lo que ese ritmo de trabajo marcó mi calidad de vida al afectar mi salud y apariencia física. Mi apetito aumentó y aunque controlaba la ingesta de alimentos, igualmente comencé a engordar, asimilando hasta el agua. Mi cutis se marchitó considerablemente, amén de la ansiedad, la apatía, la falta de concentración y la incapacidad para reaccionar adecuadamente o ver la solución de problemas sencillos.

Actualmente, un exceso de trabajo similar, está a punto de sumergirme en el mismo caos o círculo vicioso, razón por la cual les voy a tratar de explicar qué sucede en el cuerpo, física y emocionalmente cuando no dormimos, fundamentándome en lo que he aprendido de la mano de especialistas, entre ellos, los neurólogos Claudio Cárdenas e Isaac Mosquera. Mi única y sana intención es que ni ustedes, ni yo nos permitamos tal descuido ya que nos puede costar muy caro. 

Dormir

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El sueño es un indicador de salud, la cantidad de horas que dormimos así como su calidad son elementos indispensables para que exista bienestar, tanto como el ejercicio y una nutrición balanceada. Diversos estudios asocian el insomnio con enfermedades orgánicas y mentales comunes como la obesidad, la diabetes, la hipertensión arterial, la insuficiencia cardíaca, la ansiedad y la depresión.

Un sueño deficiente altera los biorritmos del cuerpo que están supeditados a esta etapa, como por ejemplo, se dejan de producir sustancias que se liberan mientras dormimos, entre ellas la hormona de crecimiento por lo que difícilmente desarrollaremos nuestros músculos tras la actividad física y la melatonina que cumple diversas e importantes funciones (regula el ciclo circadiano).

La falta de sueño aumenta el apetito, repercute en la habilidad para procesar la glucosa, lo que a su vez puede dar pie a que esta se acumule en forma de grasa y que surja la diabetes, mas sumando todo esto en consecuencia  aparece la obesidad.

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Un sueño que no sea reparador, también provoca la disminución de la temperatura corporal basal lo que puede originar una alteración metabólica y la pérdida de la constancia en el ritmo cardíaco. También, a largo plazo se debilita el sistema inmunológico por lo que tenemos más probabilidades de contraer infecciones y se da un envejecimiento precoz que un primer término se traducirá en una piel opaca, sin brillo.

En cuanto a nuestras capacidades mentales, si no dormimos satisfactoriamente, lo primero que enfrentaremos es la falta de energía en la realización de nuestras actividades diarias. También, mermará la atención, la concentración, sufriremos cambios repentinos de humor, irritabilidad, tristeza y ansiedad. Estaremos somnolientos y  tenderemos al pesimismo. El que no duerme bien, pierde reflejos, visibilidad, coordinación de movimientos y se le altera el centro del habla, hecho que se traducirá en balbuceos o  palabras repetitivas. Otra consecuencia de las pocas horas de sueño, es la disminución de la creatividad y la capacidad de memoria a largo plazo, con lo que resultará muy complicado el aprendizaje.

Amigos, después de todo lo comentado lo único que me queda recomendarles, es que busquen ayuda de un especialista para que los guíe en el logro de un sueño realmente reparador; que duerman en un espacio verdaderamente oscuro y ventilado, que apaguen el televisor, la computadora y los teléfonos, mas no se lleven trabajo a la cama; procuren que ésta y su almohadas sean cómodas. No cenen copiosamente, ni justo antes de acostarse, traten de distraerse o relajarse una hora antes de dormir y eviten el café, las bebidas alcohólicas y/o estimulantes, al menos 2 horas antes de entregarse a los brazos de Morfeo.

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María Laura Garcia

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