Yo siempre he creído que existe la adicción a los carbohidratos y a la azúcar, aunque los expertos aún están entretenidos en discusiones para catalogarla definitivamente como tal. Estoy convencida que su consumo genera las mismas respuestas y consecuencias, que el alcohol, el cigarrillo, los estupefacientes, el juego y hasta el sexo. Más lo lamentable, es que los carbohidratos y el dulce forman parte importante de nuestra alimentación por diversas razones, ya sea por temas de idiosincrasia y últimamente más por razones económicas.

Y lo cierto es, que en función de lo anterior, la tarea de mejorar nuestra alimentación y romper quizás con la adicción, si la padecen, porque yo si me declaro dependiente, es una tarea algo complicada. Ahora bien, no imposible porque yo lo he logrado de a poco.

Muchos sabemos que el consumo excesivo de azúcar refinada está directamente relacionado con algunas patologías como cáncer o hipertensión, pero además genera procesos oxidativos que producen la gran mayoría de las enfermedades; pero aun sabiendo eso, nos resulta muy difícil dejar de comer los alimentos que la contienen.

¡Mi problema!… ¿Y el suyo? ¡Adicción a los carbohidratos!

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¿Será acaso que nuestro cuerpo está programado para que le guste el azúcar? ¿Y es eso lo que nos hace adictos?… pues sí. Si no somos adictos, somos dependientes que para mí,  es lo mismo prácticamente, y todo derivado del efecto de lo dulce sobre nuestros neurotransmisores cerebrales, una influencia nada positiva, por cierto, porque es similar al causado por sustancias como las drogas.

Esto guarda relación con el sistema de recompensas que se activa de forma automática en nuestro cerebro cuando ingerimos alguno de estos productos.

En el mismo instante en que introducimos en nuestra boca un alimento dulce, las papilas gustativas detectan el sabor y comienzan a enviar señales a nuestro cerebro. Dicho en otras palabras, estas señales activan el mecanismo de recompensa del mismo, tal y como sucede con otras sustancias como la nicotina, el alcohol o las drogas, haciendo que se segregue dopamina, un neurotransmisor asociado con la sensación placentera.

Las señales que recibimos al ingerir productos ricos en azúcar son interpretadas por nuestro organismo como que ha sucedido “algo fenomenal”, creando un recuerdo agradable del mismo. Es por ello que, cuando nos encontremos de nuevo frente a la disyuntiva de “me como o no me como ese trozo de torta de chocolate”, nuestro cuerpo recordará la sensación agradable y la respuesta habitual es “¡pues me la como!”.

Tal cual como sucede con otras sustancias adictivas, cuanto mayor es la cantidad de azúcar que consumimos diariamente, mayor será también la cantidad de azúcar que nuestro organismo demandará para generar la misma respuesta satisfactoria. En síntesis, un nefasto circulo vicioso.

Es necesaria el azúcar…

El cerebro funciona perfectamente sin necesidad de azúcar añadido, aunque su combustible sea la glucosa. ¿Por qué? Porque el azúcar intrínseco o naturalmente presente en los alimentos es suficiente para que nuestro cuerpo funcione de manera correcta sin necesidad de azúcar refinado.

El 75% del azúcar que consumimos a diario no lo vemos, sino que lo obtenemos de forma indirecta a través de alimentos procesados. La industria alimentaria emplea el azúcar, bajo diferentes presentaciones, ya sea como potenciador del sabor o para la conservación a largo plazo de los alimentos, ya que es un ingrediente barato y sabroso.

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María Laura Garcia

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