Muchas veces confundimos sueños con expectativas sin darnos cuenta que, mientras los sueños nos abren el mundo, las expectativas nos encierran en la espera pasiva de lo deseado…

¿Pero por qué nos aferramos a ellas? ¿Qué pasa si no puedo aceptar tener que renunciar a lo que “tanto deseo“, o no puedo armar mi proyecto de vida?

El psiquiatra y escritor argentino Jorge Bucay explica que en múltiples consultas con sus pacientes determinó que existe una gran diferencia ente luchar por un sueño o ser caprichoso, lo que lo llevó a desarrollar una regla nemotecnia que denominó la regla del OSO idiota.

Esta regla comienza con la “o” del oso. ¿Usted quiere algo? Obténgalo! “obtenga” lo que usted quiere, juéguese la vida para obtenerlo! Corra el riesgo!, comprométase con su deseo ! ¿Qué busca? ¿El amor de ésa persona “tan especial”?… ¿esa casa “tan soñada”?… ¿ese trabajo?… vaya, salga a buscarlo y obténgalo!

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Pero, uno puede darse cuenta que a veces es imposible obtener lo que quiere, entonces, ¿qué dice la regla en segundo lugar? ¿No puede “obtener” lo que quiere?… ( y siguiendo con la “s”, la segunda letra del oso) nos dice: sustitúyalo!!! “Sustitúyalo” por otra cosa! – esa persona “tan especial y única” no me quiere… pues bien, que lo quiera otra persona. – esa otra tampoco me quiere, entonces, busque un marinero! cómprese una mascota! – ah… no! imposible sustituirla! “como ésa persona no hay…”

La regla en tercera instancia nos dice… ¿no lo pudo “obtener”?… ¿no lo puede “sustituir”?… y siguiendo con la “o”, la tercera letra del oso) nos dice: olvídelo! -ah no, “imposible. ¿Cómo imposible? – sí, “imposible olvidarla!” “eso sí que es i-m-p-o-s-i-b-l-e!” ah… “¿imposible?”

Es por ello que si no lo puede obtener, no consigue sustituirlo, no quiere olvidarlo… la “regla” dice que usted es un “idiota”, quedando así constituida “la regla del oso idiota”.

Tal vez no sea tan fácil “decidir” que puedo olvidar. “si” puedo “decidir” no quedarme anclado a lo que creo que es imposible, y eso es lo neurótico, lo ridículo, lo “idiota”.

Ahora sí puedes decir “¡Ay, qué oso!”, cada que te descubras en una situación así, en la que te aferres sin razón.

 

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