Muchos hablamos del deseo o anhelo de encontrar la paz interior, pero ¿sabemos realmente que significa?, estudiosos en la materia aseguran que la paz interior es un estado cognitivo y emocional vinculado a un sentimiento de bienestar y calma.

Este estado mental tiene sus raíces en ciertas filosofías orientales, muchas de ellas vinculadas al budismo y al taoísmo, que se caracterizan por reivindicar la mentalidad de la no acción.

La vida occidental se caracteriza por querer transformar el entorno para que se adapte a los intereses humanos. Por ejemplo en Asia ha primado la cultura de la negación, de intentar no alejarse la naturaliza y de la humildad a la hora de obrar, con la finalidad de no alterar el orden de las cosas.

De esa forma, la paz interior es un reflejo del orden en el que idealmente debemos vivir. Sin embargo, cada tradición religiosa busca definir este orden a su manera, pero por lo general todas comparten ese énfasis en la no acción.

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El deseo con la relación

Se tiende a conceptualizar de manera errónea la paz interior con la ausencia de temores y/o preocupaciones, disociándola de cualquier disposición mental negativa relacionada con la ansiedad. No obstante, el estado mental al que hacemos referencia no ha sido definido como la ausencia de factores con impacto emocional negativo. Además, se caracteriza porque en ella tampoco hay grandes deseos, ni tensiones psicológicas que nos empujen a actuar sobre nuestro entorno persiguiendo una meta concreta.

Cómo desarrollar este estado psicológico de bienestar

La paz interior puede ser asociada al bienestar y a la sensación de que no hay conflictos de importancia que resolver en nuestro entorno próximo. Teniendo en cuenta esto, las mejores medidas para desarrollar paz interior son las siguientes.

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Lleva un estilo de vida sano

En efecto a veces es “imposible” sentirse bien psicológicamente, sobre todo si llevamos un estilo de vida que desgasta nuestra salud. Por ello, es necesario tener claro que hay que llevar una dieta sana y equilibrada, hacer ejercicio moderado de manera regular, dormir las horas correspondientes para que, entre otras cosas, nuestro sistema nervioso se regenere.

Soluciona tus necesidades fundamentales

Para llegar a la paz interior, es necesario haber atendido a las necesidades básicas, aquellas que tienen que ver con disponer de un sustento material y constante para vivir: un hogar, alimentos, relaciones y otras disposiciones que resultan vitales, como acceso a energía, formas de regular la temperatura de un modo que nos adaptemos a ella, etc.

Por ello, muchas personas necesitan solventar su situación económica antes de plantearse alcanzar ese bienestar psicológico. Tratar de llegar a la paz interior en mitad de la pobreza, además de ser ineficaz, banaliza la importancia de unos mínimos materiales que dignifiquen la vida humana.

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Evita dramas innecesarios

Buena parte de  nuestras preocupaciones cotidianas son problemas ilusorios creados por uno mismo. Por ejemplo, la necesidad de caerle bien a todo el mundo, o de seguir la trayectoria laboral que otros esperan de uno mismo, o la obsesión por acerarse lo máximo posible a los cánones de belleza… Renunciar a esas metas impuestas de manera artificial es un acto liberador que nos acerca a la paz interior.

Reconcíliate con tus imperfecciones

La perfección solo existe en las matemáticas. La realizad se caracteriza por lo imperfecto, y como parte de ella, no debes esperar encajar perfectamente en los moldes de lo que se considera ideal. Ser consciente de que independientemente de cuánto cambiemos nunca seremos totalmente perfectos nos vuelve personas más sensatas y capaces de adaptarse a las circunstancias, pero además nos vuelve propensos a encontrarnos en paz con nosotros mismos.

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Aprende a perdonar

Dañar a quienes nos dañan nos vuelve esclavos de un círculo vicioso de ataques que tarde o temprano nos hace fijarnos solo en el lado negativo de la vida. Perdonar y dejar ir viejas ofensas es el mejor modo de salir reforzados de esas experiencias, dado que es la máxima prueba de madurez. No sirve de nada embarcarnos en la misión de castigar constantemente por el simple hecho de hacerlo.

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Con Información de: psicologiaymente.com

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