Mi bebé
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Todas las mamás –si no, la mayoría– soñamos con el día en que nuestro bebé comienza a hacerse cada vez más independiente porque es sinónimo de que va creciendo, pero así mismo comienzan los dolores de cabeza.

Aparecen las temidas pataletas. Hay un pequeño explorador que está ávido de descubrir el mundo y con esas jornadas llegan también los machucones de dedos y los golpes.

Lo feo

“¡Deja eso!”, “¡no toques!”, “¡eso es peligroso!”, “¡no!”, “¡caca!”, “¡pao, pao!” son solo algunas de las frases que se comienzan a hacer cotidianas. Es aquí cuando debe entrar a jugar un papel protagónico la paciencia, la inteligencia y la creatividad.

Se vuelve casi invisible la línea divisoria entre ser una mamá comprensiva, a la que el bebé vea como autoridad pero sin miedo, o volverse una mamá amargada, gritona y regañona.

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En mi caso, he optado por explicar a mi bebé cuando algo no está bien, de tal manera que si bien no hace mucho caso en ese momento, sé que por repetición y retentiva en su cerebro esa idea se irá grabando hasta que ya no haya necesidad de regañarlo o prohibirle cosas.

Pero, una de mis matas no se ha salvado de su curiosidad. Por más que le he dicho que no la toque, que la deje tranquila, que las matas solo se huelen, le he hablado fuerte, es tal la fascinación que tiene por mis calas que ha llegado a comérselas.

Lo malo

A partir del año, o antes, nuestros pequeños comienzan a descubrir las temidas pataletas. Esos berrinches que en mayor o menor escala lo primero que nos llevan a pedir es: “¡por favor, no lo hagas en público, hijito!”.

Es una etapa en la que se comienza a medir quién es la autoridad y es el momento preciso para enseñarles a nuestros hijos, con amor y respeto, quién manda. En los casi quince meses de vida que mi bebé, ha hecho solo dos pataletas en público, de esas que me ha tocado irme del sitio porque pena con las demás personas.

¿Estuvo bien o no irme? Aún no lo sé, lo que sí sé es que nunca más ha sucedido y desde esos horribles episodios comencé a hablarle mucho a Lucas acerca del comportamiento en casa y en otros sitios, acerca de hacer caso y la verdad, no sé si él me ha entendido o no, pero creo que ha funcionado puesto que cuando le digo: “no”, o decido esquivar una pataleta de diferentes maneras he logrado que esté tranquilo, se porte bien y no grite como si lo estuvieran matando.

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Por ejemplo, enseñarle a comer solito es uno de los momentos en los que medimos mutuamente nuestra paciencia y capacidad de acuerdo. Hay días en los que ni por error quiere que le dé la comida, entonces dependiente del alimento, se lo coloco en su bandejita o le entrego una cuchara para que él haga su tarea de llevársela a la boca, así se le caiga, y me permita darle la comida con otra cuchara.

Lo bueno

Pero, no todo es feo ni malo. De hecho, es maravillosa esta etapa en la que comienzan a descubrir que son una personita aparte, que puede ser independiente en varias cosas e ir superando etapas.

Ver a nuestro bebé pasar del gateo a la caminata es hermoso. Es como una doble emoción, entre alegría y tristeza pues ya es aceptar que oficialmente está creciendo, pero también es la bienvenida al descubrimiento del mundo de otra manera.

También es una bonita etapa, pues comenzamos a ver la definición de la personalidad y carácter de nuestro hijo. Nada más maravilloso que saber qué le molesta, qué le gusta, qué le asusta, en fin.

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Creo que la clave es tratar de ser pacientes, comprensivas y creativas, además de trabajar en equipo con nuestra pareja manejando un mismo lenguaje de normas y comportamientos. Nada está escrito, todo es ensayo y error, pero como todo en la maternidad aprendemos cada día y cada segundo de nuestros bebés y ellos de nosotros.

Recuerda que una mamá feliz cría a un bebé feliz.

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