Mi respuesta inmediata a esta interrogante sería un “no” rotundo. Pero, como siempre digo, en la maternidad nada está escrito, no creo que en los extremos, todo es ensayo y error.

En ese ensayo y error les cuento mi experiencia con el chupete, chupo o chupón. Cuando mi bebé tenía unos dos meses su rutina de sueño y alimentación me estaban enloqueciendo.

Lucas quería comer todo el tiempo y no dormía trayendo como resultado que yo no solo estaba agotadísima sino que estaba realmente esclavizada. Mi vida estaba reducida a dar teta todo el santo día.

Después de leer muchos pros y contras, escuchar a todo el mundo, consultar con la pediatra del momento y muchas indecisiones más un buen día, en medio de una madrugada de esas terribles en las que casi no me podía levantar a amamantar a mi bebé, intentamos enseñarle a usar el chupón.

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¡Una bendición!

Lucas lo rechazó. No lo quiso. Nada que hacer. Lo dejamos así, al final de cuentas yo siempre estuve en contra de usar el chupón. Pero llegó otro día de agotamiento, y otro, y otro. Lo volvimos a intentar y tampoco funcionó. Tras varios intentos fallidos “por fin” mi bebé aceptó el chupón. Ya tenía tres meses.

Era la 1 de la mañana, le coloqué el chupón y santo remedio. Durmió seis horas seguidas por primera vez. Fue una bendición. “¡Dios bendiga los chupos!”, dijimos, “¡el mejor invento del hombre!”. A partir de ahí se volvió nuestro comodín.

Lucas nunca fue bebé de usar todo el día el chupón, solo se lo colocábamos para dormir. Al rato de quedarse dormido se lo quitábamos. El problema comenzó a medida que fue creciendo. Luego de tomarse su tetero, así estuviera rendido del sueño, si no tenía el chupón a la mano, el desastre.

Ahí es cuando la “bendición” dejó de ser tal para convertirse en un martirio. Alcanzamos a comprar cuatro chupones. Cada vez que perdía uno nos entraba un pánico como si el mundo se fuera a acabar.

Tan paranoicos nos volvimos, que un día en casa de unos amigos nos dimos cuenta, a las 2 de la mañana, de que Lucas había perdido el chupón y pedimos domicilio a una farmacia. Lo curioso es que nuestro chiquito se había quedado dormido solito en su coche, sin chupón y estaba perfecto.

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Aun así seguimos dándoselo y durmiéndolo con ese maravilloso pacificador.

En su última cita con el pediatra, este nos recomendó que ya se lo quitáramos porque se iba a convertir en un problema mayor a medida que pasara más tiempo. No nos sentíamos preparados. Pero, como cosas del destino, el pasado domingo lo botó nuevamente en la calle, ni cuenta nos dimos.

Decidimos ese día lanzarnos al agua y –aunque lo intentamos– no compramos un chupón nuevo.

¡Bye, bye, chupón!

El doctor nos había dicho que al quitar el chupo, la pesadilla duraría lo que dura un despecho, tres días. Al momento de escribir este artículo cumplimos la tercera noche.

La primera fue te-rri-ble. Para dormirse, desde las 7:30 p.m. lo acostamos, como todas las noches, pero al no tener el chupo empezó a llorar a los gritos durante hora y media. A las 9, agotado de tanto y vencido por el sueño, finalmente se durmió.

Lo mecimos, lo consentimos, le cantamos, pusimos sus canciones favoritas, le hablamos,  le dijimos que ya no necesitaba el chupo, que si lo había botado era porque ya no lo quería. Pero nada lo consolaba, al tiempo que nosotros nos sentimos los peores padres del mundo.

Lloramos, estábamos tristes. Un dolor horrible verlo dormido jadeando de tanto llorar. Afortunadamente, durmió siete horas seguidas pero a las 4 de la madrugada se despertó nuevamente a los gritos, no hubo consuelo posible. Nos fuimos a trabajar con el corazón en mil pedazos.

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Segunda noche: maravillosa, lloró como cinco minutos para dormirse y durmió corrido de 9 de la noche a 6 de la mañana. Se despertó feliz, pasó un día increíble. Tercera noche: lloró menos de tres minutos y durmió de corrido.

Ya no nos sentimos malos padres, pero si tuviéramos la oportunidad de regresar el tiempo, tendríamos un poco más de paciencia, buscaríamos otras alternativas pero no le obligaríamos a utilizar el chupón. Sentimos que nos dejamos llevar por la ansiedad, el cansancio y se lo transmitimos a nuestro bebé en forma de chupón.

No estoy sacrificando el uso del chupo, pero ver a mi bebé sufrir ahora cuando se lo quitamos me hizo pensar que daría lo que fuera por haberle evitado ese momento y la única manera de evitarlo era no haberlo acostumbrado a él. Ahora está durmiendo divinamente tanto de día como de noche, solito.

Recuerda, una mamá feliz cría a un bebé feliz.

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