El miedo tiene distintos rostros, tiene diferentes matices, la mayoría con un perfil destructivo. Digo la mayoría, porque el miedo como emoción también cumple con una destacable notoriedad positiva en momentos en donde ese sexto sentido, con un toque insondable, nos alerta sobre algún hecho o circunstancia que preferiblemente deberíamos evitar.

Se dice que el noventa y cinco por ciento de aquello a lo que le tememos carece de sustentación. El resto son cosas simples con la que debemos acostumbrarnos a vivir. Muchos de nuestros miedos no están basados en hechos sino en sentimientos. Pareciese que muchos de nuestros miedos se sustentan en falsas expectativas.

Harry Truman dijo: “El peor peligro que enfrentamos es el peligro de ser paralizados por la duda y el temor.” 

A veces sin duda nuestra mente exagera la situación y desarrollamos un miedo literalmente irracional. Mucha gente tiene miedo a viajar en avión; sin embargo son muy pocos los que saben que la probabilidad de morir asfixiado por un trozo de comida atorado es superior a la de morir en un accidente aéreo.

Muchos temen a morir en una intervención quirúrgica, sin embargo, según las estadísticas, existen 14 veces más probabilidades de morir en un accidente de tránsito, que de morir en una operación médica.

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Lo que trato de decir es que muchas veces proyectamos desastres y calamidades que literalmente están muy lejos de suceder, solo están cerca en la pantalla de nuestra imaginación.

Ojala podamos desarrollar esa capacidad que nos permita diferenciar entre prudencia y miedo, entre sensatez y temor, entre oportunidades y peligros, entre valentía e imprudencia. Si lo logramos facilitaremos nuestro transitar hacia nuestra meta, alcanzaremos la energía suficiente para conquistar nuestra razón de ser y nos convertiremos en lanzas agudas capaces de traspasar cualquier obstáculo que se nos presente en el camino.

En definitiva, no podemos darnos el lujo de detenernos por el miedo que sintamos en determinado momento de nuestras vidas, y mucho menos cuando el temor carece de lógica.

John F. Kennedy dijo: “Hay riesgos y costos en un programa de acción, pero son muchos menos que los riesgos y costos a largo plazo de la cómoda falta de acción.”    

El miedo sin duda alguna es un enemigo a muerte de nuestro propósito, ya que es antagónico a la idea de asumir riesgos, es contrario a la alternativa de superación y cambios, es antagónico al principio de la evolución, es reacio al concepto de la transformación, es desconocedor de la certeza y desarrollo.

Siempre he creído que nuestros miedos solo son hipótesis, los cuales en su mayoría no se cumplirán. Nuestra mente siempre está intentando convencernos de que no somos capaces, de que no somos merecedores, de que fracasaremos. Es como una tendencia natural a subestimarnos sin ningún tipo de base.

Determinémonos a avanzar y proseguir en la ruta que nos hayamos trazado. Siempre será mayor la alegría que sentiremos por conquistar nuestros sueños, que el dolor que padeceremos por renunciar a ellos.

No permitamos que el miedo con sus trampas se convierta en el amo de nuestras fuerzas, asegurémonos que sea el valor quien nos domine.

el miedo

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En la vida, tanto la confianza como el miedo brotan dentro de nosotros, pero asegurémonos de que sea la fe la que al final se imponga.

Asegúrate en hacer lo que crees que no puedes hacer, eso al final será lo que te dará la victoria sobre tu mayor miedo.

A continuación comparto la historia de Roosevelt citada por John Maxwell en su libro “Lo que marca la diferencia”.

Ante una fuerte crisis que vivía el pueblo norteamericano, Roosevelt como presidente recién electo da su primer discurso, diciendo: “Permítanme defender mi creencia firme de que lo único que tenemos que temer es el temor mismo, el horror anónimo, irrazonable, sin justificación que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir la retirada en avance.”

Lo que la gente no sabía era que el propio presidente había experimentado personalmente horas oscuras en las que el miedo lo paralizó. Roosevelt nació en una clase privilegiada y se educó en Europa, en Harvard y en Columbia Law School. Poco antes de sus treinta años de edad, llegó a ser senador de estado y después de su periodo siguió sirviendo como secretario asistente para la Marina. En 1921 a los treinta y nueve años de edad, Roosevelt sufrió un caso grave de polio que lo dejó severamente debilitado.

Durante su recuperación, Roosevelt desarrolló un temor extremo al fuego. Estaba preocupado de que no pudiera escapar de un incendio a causa de su discapacidad, pero con el tiempo, Roosevelt venció su miedo. Recobró el uso de sus manos, e incluso aprendió a caminar otra vez con la ayuda de aparatos ortopédicos. Y volvió a entrar en el campo político, haciendo campaña valientemente para llegar a ser gobernador de Nueva York, lo cual logró en 1929 y posteriormente ser electo presidente de los EEUU.

Todos tenemos gigantes a los cuales enfrentarnos, pero será el desenlace de esa lucha cuerpo a cuerpo la que determinará el futuro de nuestros proyectos, la que determinará aquello en lo que nos convertiremos. Desafiar estos miedos que por años vienen intimidándonos será una especie de prueba final que nos permitirá saber de qué estamos hechos. Será el fuego de esa prueba la que nos revelará el tipo de convicciones que sobre nuestro propósito podamos tener.

Como comenta Rocky Balboa a su hijo en una de sus películas: “El miedo hace que te esmeres más. A mí me ha funcionado.”

José Jacinto Muñoz

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