Yo fui creada para el éxito para tener las mejores calificaciones, ocupar los mejores lugares y destacarme siempre en lo que sea que haga, en mi vive un alma triunfadora que no se rinde hasta lograr lo que quiere, pero sobre todo brilla como una gran estrella.

Mamá siempre decía que debía ser la mejor, y por eso yo me repetía “tú eres la mejor”. Yo pensaba que las altas calificaciones, las medallas, la cartelera de la excelencia y el montón de elogios serían suficientes para un ganadora como yo, pero no, aun me hacía falta seguir triunfando.

Yo fui diseñada para asumir triunfos, para recibir medallas, elogios, y para lograr lo que quiero, lo que nunca me dijeron fue que podía perderlo todo, que un día podía fallar y así  fracasar. La primera vez, fue estudiando en la universidad, recuerdo que entregaban las notas del examen y yo obtuve la más baja calificación. No podía dejar de preguntarme en que había fallado y como había pasado. Como es que había perdido el brillo que siempre me había destacado.

Yo sabía que algo andaba mal en mi programación, eso que estaba viviendo no podía ser real, al menos no para la niña ganadora.

La niña ganadora

Foto Referencial

Recuerdo aquel maestro que me dijo; “tu creías que con tu sed de destacar a mi me ibas a comprar, pues te has equivocado una vez más. La vida no te complace porque tú quieras y ya, la vida te demuestra lo que has venido haciendo mal”.

Esas palabras apuñalaron mi alma o mi ego y con ese sacudón fui pisando la realidad, una que me asustaba porque desconocía e ignoraba. Nunca imagine que el peor día de mi vida se convertiría en el cambio necesario para vivir de verdad, vivir para mí, siendo yo misma, entendiendo que nada malo pasará si dejo de ganar porque a nadie tengo que impresionar, ya no es necesario pelear por un primer lugar para mi es suficiente disfrutar y nada más.

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