El vertiginoso ritmo del día a día, con el trabajo, las responsabilidades personales, la velocidad de las comunicaciones a través del internet, las redes sociales y los teléfonos inteligentes, que superaron los más media tradicionales, implica que, en la actualidad, absolutamente todo, acontezca más rápido. Dicha dinámica, nos obliga a ir a una velocidad loca, para poder hacer gala de una capacidad de respuesta inmediata, porque de lo contrario no serás lo suficientemente competitivo para destacarte del entorno.

Todo lo anterior obliga a que un simple mortal tenga que vivir en un estado de alerta permanente que, a su vez, significa para el organismo vivir expuesto a altas dosis de adrenalina muy perjudiciales para el cuerpo, que se traducen o resumen, en una palabra: estrés. Un estrés que en muchos puede ser una adicción como lo es en mi caso.  Por cierto, hoy no les voy a hablar sobre los estragos que la adrenalina y el estrés causan en el cuerpo, pues ya lo he hecho en muchos artículos anteriormente, solo me voy a limitar en la presente columna a ayudarles a identificar si sufren del mencionado trastorno.

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¿Habituado al vértigo cotidiano?

Somos adictos a “algo” cuando sentimos dependencia de ese “algo” y requerimos repetir esa conducta o consumir dicha sustancia repetitivamente por la sensación o el placer que nos produce. Esa sustancia, ese “algo” o conducta nos domina al punto de experimentar ansiedad, o simplemente no descoloca el no poder acceder a ellas, volviéndose imprescindible en el quehacer diario.

Pareciera contradictorio que algo tan perjudicial o incómodo como el estrés pueda ser extrañado por alguien, pero si sucede, conozco a personas e incluso lo he experimentado, que después de estar 5 días de vacaciones, al sexto, siento entre otras cosas, que me falta algo o que estoy perdiendo el tiempo y comienzo a sentir una especie de ansiedad propia del adicto en etapa de abstinencia.

Al adicto al estrés, le resulta difícil relajarse o asumir las situaciones con calma y serenidad. Este tipo de individuos, pasan de un tema a otro rápidamente, les cuesta concentrarse, por lo cual, generalmente, le dan a las cosas una mirada rápida sin profundizar. Los esclavos del estrés están siempre activos, muy ocupados, con mil pendientes y sin tiempo para nada.

Lo peor de todo, es que precisamente ese ritmo de vida es lo que los hace sentir “vivos” o útiles, cuando es todo lo contrario puesto que, como ya les escribí, una vida así de agitada, con el tiempo, seguramente los enfermará físicamente, así como también deteriorará sus relaciones personales. Tarde o temprano a este tipo de adictos, el cansancio mental y físico, los conducirá a un agotamiento que acabará en una enfermedad que los detendrá.

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¿Cómo superar el problema?

Lo primero es identificarlo o reconocerlo. Luego, con calma, desarrollar un plan de acción para bajar el ritmo. Buscar además aprender a meditar y apóyarse en expertos para hacerse de las herramientas necesarias, que le conduzcan, responsablemente, a priorizar qué deben dejar de lado y qué no. Además del cómo que es muy importante. Anímese a mejorar la calidad de su vida, a disfrutar más y al mismo tiempo, a reducir los riesgos para su salud.

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María Laura Garcia

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