Les cuento que hace semanas viví los dos días más terroríficos de mi vida. No les miento ni exagero, pensé que me iba a morir y fueron mil pensamientos los que se me pasaron por la mente.

Mi trabajo las últimas semanas ha estado bastante pesado. Eso no es novedad, soy periodista y trabajo en televisión, por lo que estoy acostumbrada, tal vez por eso no presté atención a las señales que mi cuerpo me estaba dando.

Al salir del canal, busco todos los días a mi bebé, pero en últimamente me estaba sintiendo muy agotada al llegar a casa, casi sin aliento. Esa sensación me duró, tal vez, unos cinco días hasta que el viernes de hace dos semanas sentada escribiendo en mi puesto me inició un dolor en la parte baja de la espalda.

Al principio pensé que era precisamente eso, un dolor de espalda. Me movía de un lado a otro, me estiraba, me levantaba, daba una vuelta y volvía a mi puesto. Pero, la verdad es que tenía muchísimo trabajo, entonces decidí aguantarme el dolor.

Alcancé a pensar que era hasta un gas atravesado, jajaja, pero no. Ya al momento de irme, cuando me levanté del puesto casi no puedo caminar del dolor que ya me rodeaba la espalda y el abdomen.

Cuando creemos que nada nos puede pasar, algo pasa

Foto Cortesía

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Le escribo a mi esposo si me puede buscar porque no me siento bien y tengo un dolor muy fuerte. Casi no podía hablar, en este punto. Pasé de sentir un dolor aguantable a estar al borde del desmayo.

Mi esposo llega por mí, camino paso a paso, muy despacio y conteniendo la respiración para no sentir dolor. Es imposible y cada vez peor.

Fueron como 15 minutos para llegar a la clínica, el trayecto más largo de la historia. Me suben a una silla de ruedas, lloro del dolor porque no lo aguanto. Pienso: ¿qué es esto, Dios mío? ¡Ni las contracciones fueron tan terribles como esto!

Estaba agotada, sentía que me desmayaría, me faltaba el aire, no me podía mover. Después de múltiples exámenes, uno tras otro, dan con el veredicto: un cálculo renal.

“¡¿Qué?! ¡¿Un cálculo renal?! ¡Pero si yo no sufro de eso y me cuido mucho!” fue lo que pensé, porque seguía sin casi poder hablar. Casi me operan, el doctor dijo que las razones de la aparición de un cálculo pueden llegar hasta cien. Que en mi caso, después de ver mi historial médico, de mis exámenes, que además salieron perfectos en todos los valores, no descartaba estrés laboral.

Le digo: soy periodista, me dice: bueno, ahí está la respuesta, a bajarle dos porque si no esto te puede repetir. Yo no lo podía creer y menos cuando me dice que me va a hacer cirugía para sacarlo.

Ahí se me quitó todo dolor y todo cálculo. A mí no me operan, nunca me han operado excepto de las cordales. Bueno, resulta que por diversas razones deciden no operarme y me envían tratamiento para la casa, al cabo de una semana ya me sentía perfecta y nunca supe si expulsé el cálculo o se disolvió, pero ya no existen ni rastros del intruso en mi cuerpo.

Cuando creemos que nada nos puede pasar, algo pasa

Foto Referencial

Yo confieso

Les confieso algo. Mientras me hacían exámenes, el dolor era tan fuerte que sentía una opresión en el pecho y pensé que me daría un infarto. Como no tenía fuerzas ni para hablar, rezaba en mi mente y le pedía a Dios que no me llevara. Decía sin cesar: “Dios, no me puedes llevar, Lucas está muy chiquito, Virgencita protégeme con tu manto y quítame lo que sea que tenga”.

Hoy me río porque era nada lo que tenía y después de muchos días le conté a mi esposo esa infidencia. Pero, el susto y el dolor de ese día me hicieron pensar tantas cosas. En dejar tantas cosas organizadas, en tener un plan B, C, D y si es posible hasta Z para mi bebé.

Entendí que no puedo regalarle mi vida a mi trabajo, que si bien me apasiona y soy perfeccionista, no me gusta hacer las cosas a medias, pues también tengo que “bajarle dos” como me dijo el médico porque mi bebé, mi esposo y el resto de mi familia me necesitan.

Esa fue también la semana del primer mega apagón de Venezuela donde estuvimos días sin saber de mi familia allá y, de verdad, cómo se vive con esa angustia. Pero hasta esa angustia hay que controlarla. Les comparto mi experiencia para que se cuiden, se tomen la vida con calma porque solo en la salud y el amor está la felicidad que necesitamos para salir adelante y construir nuestra familia, nuestro presente y futuro.

Recuerda, una mamá feliz cría a un bebé feliz.

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