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Algunos de mis lectores me han pedido que les escriba con respecto a como orientar mejor para la vida a nuestros hijos. Así que aquí te comparto mi experiencia, no sólo como madre, sino como una estudiosa de la conducta humana.

¿Son nuestros hijos una extensión de nosotros?

Ciertamente el profundo amor que sentimos por nuestros hijos hace que queramos la mejor vida para ellos. Pero hay algo muy importante a considerar. Sus almas tienen su propio recorrido y muchas veces aunque los consideremos una extensión de nuestra existencia, no están para cumplir nuestras expectativas, sino para descubrirse y encontrar su camino. Mucho menos están para alcanzar esas metas que nosotros dejamos pendientes.

Por esto, la forma como mejor describo el rol que nos toca como padres es de facilitadores de un proceso. ¿Qué significa esto? que más que decirles qué hacer o cómo hacerlo, nuestra tarea es mostrarles las opciones, hablarles de las consecuencias de cada una y dejarles que tomen sus decisiones. Claro, eso ocurre dependiendo de su edad. Pero paulatinamente en la medida que crece, cada vez más es el papel que nos toca.

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Este hermoso poema de la Madre Teresa De Calcuta resume mi propuesta.

«Enseñarás a volar,  pero no volarán tu vuelo.

Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño.

Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida.

Sin embargo…

En cada vuelo,  en cada vida,  en cada sueño,

Perdurará siempre la huella del camino enseñado.»

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La mayor enseñanza que les podemos dar a nuestros hijos

Educamos a nuestros hijos para convertirse en adultos. En mi opinión, lo que eso significa es que tienen que hacerse responsables de las decisiones que toman. Desde pequeño a mi hijo le decía, buenas decisiones traen buenos resultados y malas decisiones traen resultados que no nos gustan.

Aprendí que su educación no debía basarse en castigos o recompensas, sino en que él se diera cuenta de cuales decisiones eran las correctas para él. Desde niño le enseñamos a asumir las consecuencias de sus decisiones. Por supuesto que debemos darles incentivos cuando vemos que sus comportamientos son los que queremos reforzar, pero traté de que sustituir la palabra castigo por consecuencia.

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Lo más frecuente es que a nuestros hijos les condicionemos nuestro amor dependiendo de si hacen lo que queremos o no y le enseñamos en términos de condena o premios. En mi experiencia, esto crea niños inseguros, que en lugar de buscar en su interior el camino a tomar, se convierte en un adulto que está buscando aprobación de otros adultos o evitando que le desaprueben. Sabiendo esto, para mi y mi esposo fue un desafío muy grande salir de lo que habíamos aprendido en nuestras familias y también de ese condicionamiento colectivo tan arraigado. Requirió de mucha consciencia elegir las palabras adecuadas y vencer la tentación de decirle te quiero si… (condicionando mi amor a determinada acción de su parte). Me costó aprender a decirle, por ejemplo: te amo y hoy estoy muy molesta contigo. Eso le hacía saber que siempre iba a contar con mi amor, incondicionalmente.

Contribuir en su hogar, una enseñanza indispensable

Desde que Tomás Eduardo tenía unos 5 años le empecé a dar tareas en el hogar. Afortunadamente siempre hemos tenido ayuda en casa, para la limpieza y el planchado. Así que no era necesario que hiciera algo. Lo que queríamos enseñarle era que un hogar funciona con la suma del aporte de todos. Así que comenzó poniendo los individuales en la mesa para comer. Cada año que cumplía, le daba una libertad más y también una tarea más en casa. Por ejemplo el decía que quería estar despierto un rato más porque se estaba haciendo más grande. Entonces a sus 6 podía dormir media hora más tarde. Pero también tenía que hacer una tarea más en casa, por supuesto apropiada a su edad.

Así se acostumbró (aunque a veces protestaba) a que todos debemos colaborar. En un mundo donde los muchachos pronto salen de casa y viven en otra ciudad, país, es muy valioso que tengan ese sentido de que deben contribuir donde quiera que vayan.

Además, se van haciendo autosuficientes y se acostumbran a hacer tareas cotidianas que no les resultarán traumáticas cuando salgan del hogar.

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Una anécdota de vida

Mi amado hijo tiene ahora 19 y está estudiando Ingeniería de Sistemas en la UCAB. Ha sido un gran desafío, no sólo por la exigencia de esa carrera, sino que la educación que recibió en bachillerato no lo preparó para estos retos. Luego de 3 semestres esforzándose para aprobar sus materias, este semestre reprobó Cálculo. Su papá le sugirió que la tomara en «verano» y él quiere hacerlo para no retrasarse. Tomás Eduardo nos dijo que él pagaría de sus ahorros ese costo. Este es un gran acto de consciencia, porque para él sus ahorros, son «intocables». Nos dijo que él sabía que había tomado algunas malas decisiones con respecto a esta materia y que él se sentía mejor asumiendo el pago. Sabe que estamos haciendo un esfuerzo para que estudie allí y no quiere sobrecargarnos con este pago imprevisto.

Mi esposo y yo sentimos que hemos hecho un buen trabajo. Él nos muestra cuánto ha crecido, que es un hombre. Porque eso significa para nosotros ser adulto: “hacerte cargo de tu vida, convertirte en tu autoridad y también hacerte responsable de tus decisiones”. Y… gracias hijo porque eres un buen alumno de la vida.

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Carla Acebey-
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