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Cantidad de emails por leer, aquel artículo o presupuesto que te comprometiste a enviar el día de ayer, llevar la ropa a la tintorería, devolverles la llamada a varias personas, grabar un material para un medio de comunicación importante, corregir un material que te hicieron llegar para tu aprobación, generar un plan de acción para enfrentar la coyuntura, preparar la comida de la semana, arreglar el clóset, tender la cama, coser ese ruedo que se te desbarató hace una semana, etc.; es decir, tienes miles de pendientes rondando en tu cabeza y generándote ansiedad, pero aun así sigues postergando o haciendo las cosas menos importantes porque te resultan más fáciles. ¿Te parece familiar esta sensación? ¿Te pasa con frecuencia?

Aplazar las cosas o procrastinar es una mala costumbre muy habitual entre el común de los mortales ¿Quién no ha dicho en algún momento dado «lo haré más tarde»? Especialistas han afirmado que el procrastinar no es un asunto de holgazanería, sino de manejo de las emociones o explicándolo mejor, es cuestión de acabar con el estrés, la inseguridad o el miedo que nos genera hacer algún trabajo, resolver algún problema, enfrentar el memorizar un material para un examen. Entonces, si alguna vez has dejado para después una tarea importante para, digamos, poner en orden alfabético las especias en tu alacena, sabes que no sería justo describirte como flojo, porque no es que te fuiste de fiesta con tus amigos o te pusiste a ver Netflix; sencillamente estás limpiando. No es pereza o mala gestión del tiempo, es solo total “procrastinación”.

Ahora bien, lo nuevo no es la “postergación” lo que se ha puesto de moda es la palabra “procrastinar” quizás por su sonoridad o novedad. ¿Qué ha pasado para que en los últimos años “ser vago” o como diríamos en Venezuela “echar carro” haya terminado asociándose con “ser un procrastinador”? Dicen los expertos que ambas expresiones ni siquiera son sinónimas que ser “vago” o “echador de carro” es cuestión de pura pereza mientras que el procrastinador es aquel que aplaza las tareas más tediosas y las sustituye por otras más agradables. Por ejemplo, yo de un tiempo para acá, precisamente para evitar caer en esto, que tan ineficiente nos hace, hago primero lo que NO me gusta o menos me agrada y de último lo que me encanta. Y con todo hago así, hasta con la comida. En síntesis, por tu salud física y mental: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.

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De tal palo tal astilla… ¿Es posible explicar el fenómeno de la procrastinación con refranes?

Pues claro que sí y para muestra un botón, porque nuestros antecesores, aunque no usaban mucho este término como nosotros los “contemporáneos”, vaya que tenían esta mala costumbre identificada. La procrastinación es un impulso natural en nosotros, sencillamente es un clásico. Dejar para mañana es un mal hábito contra el que se puede y se tiene que luchar porque es una característica de la gente frustrada y con poco nivel de éxito.

¿Existe el gen procrastinador? ¿Se hereda de padres a hijos la máxima “esto lo dejo para luego”? Estudios han encontrado que sí, que el factor genético es determinante en este tipo de conductas, aunque yo me pregunto si no tendrá que ver mucho más con eso de modelar con el ejemplo: “los hijos imitan a los padres”.

Procrastinar es… ¿hacerse daño a uno mismo?

Llegar a este estado de autoconciencia es una pieza fundamental para entender por qué procrastinar nos hace sentir tan mal, para mí como emocionalmente “siempre endeudados”. Al procrastinar, no solo estamos al tanto de que estamos evadiendo una determinada tarea, sino también que el hacerlo es, sin duda, una mala idea, pero, aun así, la postergamos de todas maneras. Entonces amigos, ¿Tiene algún sentido hacer algo que sabemos tendrá consecuencias negativas? Lo terrible es que tendemos a engancharnos en este círculo irracional de “procrastinación crónica” debido a nuestra incapacidad para manejar los estados de ánimo negativos en torno a esa o cualquier otra tarea.

Según expertos, la procrastinación no es un defecto de carácter o una deficiencia de habilidad para administrar nuestro tiempo, sino una debilidad para enfrentar las emociones desafiantes y estados de ánimo negativos producidos por ciertas tareas. ¿Qué emociones? Aburrimiento, ansiedad, inseguridad, frustración, resentimiento y muchas otras.

Explicándolo de manera sencilla: la procrastinación se deriva de dejarnos paralizar o entretener por el esfuerzo que requiere para nosotros mantener a raya todos esos estados de ánimo negativos, que nos restan la energía o el tiempo que deberíamos invertir en ejecutar la tarea como tal”.

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El origen de nuestra aversión dependerá de la tarea pendiente o la situación. El rechazo podría ser el resultado de que sencillamente la tarea misma es poco placentera, como por Ej.: tener que limpiar un baño sucio o conciliar los gastos y facturas de viáticos de producción para tu jefe. Sin embargo, la evasión podría ser generada por sentimientos más profundos, como dudar de nuestra capacidad para llevarlas a cabo, tener baja autoestima, experimentar ansiedad o inseguridad. Todo esto nos puede llevar a “regar las matas”, antes que organizar facturas, limpiar la poceta o planchar la ropa.

Llegados a este punto, te invito a reflexionar sobre que, esa ansiedad, inseguridad o el rechazo por el “pendiente” todavía estarán ahí cuando tengas que, por presión, finalmente enfrentarlo o resolverlo; pero peor, porque se adicionarán aumentados: la culpabilidad, el estrés, la ansiedad y la baja autoestima.

De hecho, muchos estudiosos están investigando sobre los pensamientos rumiantes y sentimientos de culpabilidad que muchos de nosotros tenemos a raíz de la procrastinación y que suelen exacerbar nuestra angustia y estrés, lo que contribuye a todavía más procrastinación; es como una especie de circulo vicioso.

Con el paso del tiempo, la procrastinación crónica afecta no solo nuestra productividad, sino también provoca daños medibles en nuestra salud mental y física, incluidos el estrés crónico, la angustia generalizada y la baja satisfacción con nuestra vida, lo que a su vez da pie a síntomas de depresión y ansiedad, hábitos deficientes de salud, enfermedades crónicas e incluso hipertensión y enfermedades cardiovasculares.

En el caso de la procrastinación, tenemos que encontrar una mejor recompensa que evadir, es por ello que la solución debe ser interna, y no dependiente de cualquier cosa excepto nosotros mismos.

¿Cómo ganarle la batalla?

A pesar de que la procrastinación puede estar condicionada por nuestro entorno, aún estás a tiempo de desarrollar mejores hábitos y ser más productivo. Te voy a dar 6 sencillas recomendaciones para dejar de procrastinar:

  • Mi máxima, comenzar, con el impulso inicial, con lo más tedioso o que menos me gusta. Somos más propensos a completar una tarea una vez que tomamos impulso.
  • Si algunos de esos pendientes son muy complicados, divídelo en tareas más sencillas pero que puedas terminar a la vez, para evitar la tentación de seguir dilatando el asunto.
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  • Me pongo plazos y horarios, es decir, una fecha para cada tarea, un límite del que no puedo pasar.
  • Para motivarme, voy tachando o limpiando mi lista de tareas pendientes, es maravilloso para sentirme eficiente y ganar ánimo.
  • No me excuso o pongo límites. Está prohibido decir: lo dejo para mañana o para el lunes.
  • Alterno tiempo de descanso, con pausas activas, que sean relajantes o haciendo cosas pendientes que me resulten menos pesadas, esto es para que el agobio no me frene.

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María Laura Garcia
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