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En condiciones normales, en nuestro organismo encontramos una serie de orificios  o cavidades que se comunican con el exterior, que contienen una población de microorganismos que viven en equilibrio entre ellas  y así mantienen el grado apropiado ente acidez y alcalinidad necesaria para impedir que alguno prolifere o algún agente oportunista crezca y produzca infección. Esto es lo que se denomina flora, actualmente conocido como microbiota, y que encontramos en la boca, ano, intestino y en el canal vaginal.

Actualmente se conoce que hay varios tipos de microbiota, según la predominancia de algún tipo de microrganismo, y además tiene variaciones según la edad, raza, y cambios hormonales de la mujer. En la mujer sana en edad reproductiva está microbiota está básicamente compuesta por Lactobacillus, específicamente por Lactobacillus crispatus, L. jensenii y L. gasseri, quienes protegen a la mucosa frente al establecimiento de microorganismos patógenos mediante tres mecanismos complementarios: a) la adherencia específica al epitelio, que bloquea su asentamiento, b) la producción de compuestos antimicrobianos y c) la coagregación con los patógenos, que potencia su efecto microbicida.

El origen de la acidez vaginal es el ácido láctico que se genera como producto final del metabolismo fermentativo del glucógeno,  que llevan a cabo los lactobacilos residentes y las propias células del epitelio vaginal.

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¿Qué consecuencias tiene la alteración de la microbiota?

El equilibrio entre estos microorganismos que viven en la vagina es indispensable para mantenerte sana, sin infecciones vaginales. Al romperse este equilibrio, se favorece la proliferación de gérmenes que forman parte de la flora o microbiota, como candidas vaginales y gardnerella, ocasionando las temidas candidiasis infecciones por hongos y las vaginosis bacterianas, respectivamente. O incluso pueden presentarse infecciones por gérmenes de trasmisión sexual como la tricomonas.

¿Cómo puedes mantener el equilibrio de esta microbiota?

Si sigues estas recomendaciones favorecerás el equilibrio de la flora vaginal y así observarás una disminución de la frecuencia de infecciones vaginales: usar ropa interior de algodón, preferir los jabones adecuados para la zona íntima que poseen un pH óptimo, no usar duchas vaginales, realizar una adecuada limpieza de la zona íntima después de ir al baño de adelante hacia atrás; tu médico puede recomendar el uso de productos vaginales contienen Lactobacillus,  especialmente en aquellas pacientes con síntomas recidivantes, al igual que reducir la ingesta de carbohidratos refinados, el hábito tabáquico, stress y el alcohol.

Y  para evitar las infecciones de la piel de la vulva que pueden condicionar la aparición de infecciones vaginales es importante limitar el uso de protectores diarios; está es una práctica no recomendable. De igual forma no se recomienda abusar del rasurado con hojilla o la depilación con cera, los hilos dentales, las toallas sanitarias de material plástico; todas estas prácticas pueden cambiar el pH vaginal y favorecer el desarrollo de infecciones.

Mención aparte merecen algunos hábitos sexuales, como el sexo anal y oral, las relaciones homosexuales, el uso de juguetes sexuales; es importante tomar en cuenta la higiene íntima en estas prácticas.

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El cuidado de la microbiota evita la reaparición de infecciones

En un porcentaje importante de las pacientes que son tratadas, se observa recurrencia de los síntomas poco tiempo después de culminar el tratamiento o refieren hacer recibido múltiples tratamientos y haber consultado múltiples médicos buscando una solución. En la mayoría de los casos son tratamientos indicados correctamente.

Cómo se explicó anteriormente, cuando se rompe el equilibrio de los microorganismos que viven en la vagina y se altera el pH vaginal se propicia entonces la aparición o reaparición de infecciones. Es importante mejorar los factores de riesgo, de otra forma es probable que vuelva la infección.

En el próximo artículo hablaremos sobre los tipos de infecciones más frecuentes y las consecuencias de no tratarlas.

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Por. Dra. Peggi Piñango
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