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Foto Referencial

Daniel Lucas, buzo científico y microbiólogo doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona y actualmente en la compañía biofarmacéutica Bristol-Myers Squibb, cuenta cómo se mete al agua con un equipo de buceo especial que permite llegar hasta los 80 metros.

Lucas recuerda que es un mundo muy poco explorado y que no se ha llegado a tener un conocimiento tan exhaustivo como en la tierra.

“A pesar de las nuevas tendencias de la industria farmacéutica encaminadas al diseño in silico [sintético] de nuevos fármacos, no debemos descartar la búsqueda de medicamentos de origen natural, en especial del medio marino debido a su enorme potencial”, insiste el experto.

Frank Mari, investigador en la División de Ciencias Químicas del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos que piensa lo mismo que Lucas, narra las veces que ha ido a unos 200 metros de profundidad metido en un submarino durante tres horas en las aguas de Bahamas.

Posados sobre la arena, el científico detecta conos venenosos que terminan entre las garras del brazo robótico del dispositivo para acabar en el laboratorio.

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VENENO

El cono venenoso se mete en un acuario. No se ve nada más que el caparazón del caracol y se puede entrever su cuerpo escondido.

Cuando se le presenta un pez, el organismo saca lo que se parece a un arpón y paraliza lo que se va a convertir en su comida. De repente, muy rápido, abre la boca y engulle al pez cuyas aletas están inmovilizadas

Que se use el veneno marino para hacer fármacos no es algo nuevo, pues ya existen más de 10 en fases clínicas u aprobadas.

Bill Fenical, profesor en el Centro de biotecnología marina y biomedicina de la Universidad de California en San Diego, empieza la conversación de casi una hora con un ejemplo muy claro: el Bótox.

Informacion elpais

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