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“Nadie que haya aliviado el peso de sus semejantes habrá fracaso”

(Charles Dickens).

Sin dudas ya tienes un concepto de solidaridad y con más certeza has sido o eres solidario con alguna causa o persona.

Si la solidaridad es un valor y como tal implica que se aprende en sociedad y que se traduce en acciones personales. Si además, implica compromiso y apoyo incondicional a causas o intereses ajenos, especialmente ante situaciones comprometidas, difíciles o de riesgo, la solidaridad empieza sin duda en los brazos de nuestras madres quienes nos reconocen incapaces de hacernos responsables de nuestra vida y ahí el sentido materno (ahora entiendo que solidario), las hace comprometerse con nuestra causa hasta que ya podemos valernos por nosotros mismos y las acciones de apoyo son cada vez menos necesarias.

Seguro alguno de ustedes dirá: “jum, yo conozco a más de una que no sabe lo que es cuidar a su hijo”. Créanme que yo también conozco a alguna. Y valga este triste ejemplo para dejar necesariamente claro que aunque todos (sin excepción) hemos tenido el apoyo de muchas personas en diferentes momentos de nuestras vidas, en los cuales también nos sorprendió no recibirlo de alguien en particular, el ser solidario no es una obligación.

Si, ser solidario no es una obligación, recordemos que implica compromiso con una causa ante la cual la persona es sensible y esa sensibilidad está afectada por las creencias propias acerca del hecho que supone una demanda de solidaridad.

Esto también implica que para ser solidario no es necesario haber pertenecido o pertenecer actualmente a la población o causa que estés apoyando. Así, no es necesario ser mujer y menos mujer maltratada para ser sensible con la causa en busca de la prevención del maltrato femenino y la defensa de las mujeres maltratadas, tampoco tienes que haber estado preso para ser sensible y comprometerte con la defensa de los derechos y condiciones de reclusión de esta población.

Como dice Michael P. Watson: “las personas fuertes no tumban a otras, las ayudan a levantarse”; como dice John Holmes: “el mejor ejercicio para el corazón es agacharse y levantar personas”.

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Solidaridad hasta cuándo, hasta cuánto…

Recordemos donde surge, desde mi punto de vista, el sentido y valor de la solidaridad: del cuidado materno y para ser sensatos y justos, del cuidado materno – familiar.

Si atendemos con poca profundidad este ejemplo universal, nuestros padres, nuestra familia han sido solidarios con nosotros hasta que notan que ya podemos resolver aquella situación de desventaja que tenemos y además los tenemos tan cerca que procuran que desarrollemos las habilidades necesarias para poder seguir adelante prontamente sin el apoyo solidario que de ellos recibimos. El ejemplo que se me ocurre ahora lo resumo en aquella frase que muchos hemos escuchado en casa: Hasta que te gradúes y encuentres trabajo. Cierto que ahí no termina el apoyo solidario de la familia porque luego nos casamos y no vamos de casa y seguimos apoyándonos mutuamente con felicidad y gratitud porque “aquellos que son más felices, son los que hacen más por otros” (Booker T. Washington).

Es cierto que hacer algo por otros nos hace felices, pero hasta cuándo y hasta cuánto. Estas preguntas parece que también han sido respondidas más arriba, ¿pero lo entiende así mismo aquel quien recibe nuestra solidaridad?, también se respondieron que muchos sobran – lamentablemente – que han desarrollado como hábito (consciente o inconscientemente) el perfil de victima que siempre requiere apoyo solidario y puede vivir así toda la vida a expensas del apoyo de otros.

Este es un escenario del que podemos ser solidarios cómplices inocentes. Y con esto causar más daño que el beneficio que estamos promoviendo.

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Cómo evitar hacer daño con la solidaridad

Comprueba que realmente la causa es justa bien que sea para un colectivo o una sola persona. Esto implica tener pruebas del riesgo que ese grupo o individuo corre y que ciertamente le es imposible darle solución a su problema

  • Ofrece el apoyo justo, no des más de lo necesario.
  • Involucra a más personas solo si es necesario.
  • Ofrece lo que este a tu alcance y te haga feliz.
  • Haz lo que este a tu alcance para empoderar a quien ayudas, ofrece si te es posible alternativas de acción en las cuales esa persona actúe a su favor.

Está claro que en la solidaridad honesta y desinteresada nos hacemos más humanos y comprendemos mas la naturaleza humana y sus necesidades porque como dice Doris Lessing: “se sienten menos necesidades, cuanto más se sienten las ajenas”. Pero la solidaridad compone la complejidad del comportamiento humano y debe verse a este valor con el cuidado de una cirugía de corazón porque podríamos herir  y ser heridos con nuestra buena acción.

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Hernán Hernández

Doctor en Educación. Jefe de la cátedra de Psicología. Coach Neurolinguistico. Conferencista Internacional. Motivador. Radio & TV Host.

Instagram / Twitter:  @hernanjhernandez

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